Three posts have called my attention this weekend. In the first one, by New York Times columnist Louis Hyman, titled The Myth of Main Street, he calls out Main Street businesses as inefficient for their lack of access to economies of scale; Main Street advocates as nostalgic types who want to go back to a rougher time that they view as more romantic but does not, in fact, exist; and customers of expensive Main Street businesses as an elitist, gentrifying and aloof crowd. Then there was a story by Travis Andrews at the Washington Post, America is ‘over-stored’ and Payless ShoeSource is the latest victim in which he puts the blame for low occupancy and closures in an overstock of built retail square footage and the pressure from online retailers. This crisis has seen thousands of store closings, traditional brands filing for Chapter 11 and many, many jobs lost.

The silver lining comes in the last post, by Steve Mouzon in his blog The Original Green, called The New Starting Point for Retail. I very much agree with Steve. Conditions have changed. The market has shifted towards more local, small stores that are, in fact, more sustainable. The millennial generation is embracing a different kind of retail culture in which store owners don’t just sell but are critical parts of the supply chain. They know their providers, their trades and their families. They make a point of working with them to improve the quality, packaging, consistency and other aspects of their products. They tend to their businesses and know and love every aspect of them. And the design of local stores, generally, tends to be very generous with the city and its immediate context. A plant, a bench, an awning are familiar fixtures that contribute to build civic values and transform storefronts into community hubs. They are the Storefront Placemakers and they add value to streets in a way no large scale plan or standardised chain store could.

Main Street might be a bit shocked by Red Tape, high operational costs and cheap Chinese goods sold for 99 cents at the nearest chain store, but it has the bones to come back in style. The future of cities is to be decided locally. We need to look at what makes businesses stumble and fix the problems, not their consequences.

The word we should be discussing is devolution.

Not all Real Estate was created equal. Some are in great streets, some have good neighbors and others have been carefully designed with visibility, productivity and attractiveness in mind. But even those are not likely to have a 100% occupation rate. There will be times when vacancy strikes and the developer’s challenge is to maintain the charm of the site. Take this shopfront in Lincoln Road Mall in Miami Beach. They are unoccupied and looking for their next tennant but they have given it a purpose for the time when it’s not under lease. This temporary use by a cultural institution helps to retain the street’s walk appeal, sends a message of continuity in the shopfront’s activities and of constant upkeep of the commercial frontage, while allowing for a different public to be in contact with some of what the Ballet has to offer. 

Examples of this are diverse, ranging from the one pictured, of the Miami city Ballet. I have seen cultural institutions, museums, botanical gardens, art galleries, orchestras and pop-up burger restaurants. I have read about many more. Those that have a static front and those that activate it with art, music, food or flowers and create an interactive, immersive experience. 

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Shopfronts are the interfaces that link the city’s commercial spaces and its public spaces. They contribute to the strength of the local economy, to the Walk Appeal and to the creation of opportunities to meet and exchange stories, wisdom, ideas and knowledge. Italian cities like Bologna have traditionally treated their streets as places and beauty has always been a high priority.

Goethe decía que no es difícil explicar el altísimo nivel de la producción artística en Venecia, dado que sus artistas crecieron viendo, pues, Venecia. La belleza, la proporción, el contexto, la sensibilidad entra por los ojos. Su asimilación no resiste aprendizaje. Entra por convivencia. Isfahan, Kyoto, Florencia son una experiencia educativa para quien las vive día a día. Tal como un suburbio madrileño, un banlieue en Marsella o una de esas nuevas ciudades anónimas que el partido comunista chino produce en serie. Unas mejores que las otras.

No cuesta mucho imaginar a unos jóvenes ecuatorianos, futuros presidente y ministro de desarrollo urbano, deslumbrados por edificios que reflejan el poderío gubernamental como la biblioteca nacional Francois Mitterrand frente al Sena, en París, o el edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas. Son estructuras que se inscriben en el modernismo más académicamente correcto, producto de la obsesión por la grandeza y el hormigón que nos dejaron sus años dorados en Europa. Las cuatro torres de la biblioteca se elevan en un podio, rodeadas de espacio abierto, con distancia suficiente entre ellas para asegurar el sol, la ventilación y la recreación de los usuarios, como dicta el canon corbuseano. La plataforma de la Comisión se ubica en un “campus europeo” y su casi cuarto de millón de metros cuadrados fue diseñado para albergar a tres mil burócratas y al menos la mitad de vehículos, con carreteras y demás infraestructura dedicada a su servicio.

Tampoco cuesta imaginar la visión de una ciudad con su distrito gubernamental y sus grandes edificaciones que quisieron imponer sobre Quito aquellos asombrados jóvenes que llegaron hace un par de décadas a París y Bruselas a perfeccionarse profesionalmente. Ni el éxtasis con que un alcalde pudo haber recibido esos proyectos, pensando en ser recordado como el gran modernizador de la ciudad.

La arquitectura se ha utilizado siempre como herramienta de transmisión de ideas. A veces, también, de imposición de modelos. Los templos helénicos, las basílicas de los emperadores romanos, las grandes catedrales de la Cristiandad, los palazzi de las repúblicas italianas fueron hechos para venerar. Persépolis, La Alhambra, Dolma Bahce, Giza o Versalles son monumentos arquitectónicos que han servido para alimentar una narrativa de reverencia a una deidad; divina o terrena, da igual.

Con la llegada de las repúblicas modernas, el todopoderoso Estado echó mano de esa herramienta, por demás útil, que constituye la construcción. Los valores “democráticos” se plasmaron en estructuras que representan el peso del Estado sobre el individuo. Washington DC es quizás uno de los mejores ejemplos a nivel urbano de cómo la solidez y el peso del gobierno se manifiestan en la gravitas de los edificios.

Los gobiernos no están solos en ese esfuerzo. El poder de la arquitectura para enviar un mensaje es mayor que el del resto de artes. Los bancos, que venden confianza, se decantaban por la arquitectura neoclásica. Las iglesias, que venden espiritualidad, construyeron una atmósfera celestial con el estilo gótico. El Socialismo, que vende fantasías, aprovechó la nivelación forzosa de los grandes edificios residenciales, anónimos, grises y replicables.

Los edificios no son inocuos. Un cuadro, una escultura o un poema pueden ser velados fácilmente. Los edificios son una imposición de por sí y no es opcional no verlos cuando se transita por la ciudad. Barthes se refería a la torre Eiffel como el monumento que ve y que es visto en todas partes, por todos. El ciudadano se mueve entre edificios, ocupando el espacio entre ellos.

El gobierno de la Revolución Ciudadana se sustenta en un discurso fundacional. Antes, no había escuelas, carreteras ni hospitales. Los que hoy se alzan son un símbolo de que con un gobierno patriota, todo se puede. Pero la narrativa de preeminencia estatal requiere de hitos más simbólicos. Quizás una nueva ciudad, á la Kubitschek, o complejos que dominen el entorno y el imaginario, como el Rockefeller Center.

Allí empiezan a jugar los arquetipos, los recuerdos de primeras impresiones, de grandes edificios, de la experiencia de esos jóvenes deslumbrados por el legado de Mitterrand y de la gigantesca maquinaria europea.

La lógica para pensar en “plataformas”, que es el nombre escogido por la revolución para denominar grandes superficies dedicadas a albergar varios servicios estatales relacionados no es difícil de desenredar. La desproporción en la visión de grandes obras no es nueva. La ligereza con que se sumaron las más de cuatro mil hectáreas expropiadas para hacer la ciudad del conocimiento es un indicador. ¿La razón? El presidente así lo quiso. Con esa misma lógica se concentra una altísima densidad de actividades estatales en un solo edificio, en un momento urbano en que lo que se busca es crear centralidades bien servidas y que no motiven desplazamientos a nivel metropolitano.

Construir distritos con una vocación específica dentro de una ciudad no es una práctica nueva. De hecho es una de las tendencias de planificación más avanzadas. No debería ser un tema a conversar, como sí lo es el resultado, especialmente en lo que tiene que ver con la llamada Plataforma Financiera de la avenida Amazonas, en Quito.

No hay duda de que el diseño sea bueno. La funcionalidad del edificio seguramente está a tono con los últimos avances en diseño arquitectónico. El proyecto fue el seleccionado de entre varias opciones que se presentaron a un concurso. No es momento de dudar, tampoco, de la transparencia de ese concurso ni de si amasar un inmenso producto del talento arquitectónico local tuvo alguna intención oculta por parte de las autoridades.

Tampoco quiero hacer un análisis de las implicaciones urbanísticas, del proceso de aprobación de la plataforma en el Municipio y de cómo la plataforma calza en la visión modernizadora de la administración edilicia del momento. La arquitectura debe juzgarse por su función, sí. Y por su concepto, también. Pero si no aporta con belleza y armonía al entorno urbano, un edificio fracasa. La calidad de la ciudad se reduce. La experiencia del usuario se deteriora.

Es por eso que desde hace décadas urbanistas pioneros se han dedicado a estudiar las ciudades no desde el punto de vista del diseño sino del de la experiencia. Jan Gehl se zambulle en los espacios entre edificios para buscar dónde está el secreto de las ciudades; Christopher Alexander utiliza su conocimiento sobre sistemas complejos para encontrar los patrones que las fundamentan; Kevin Lynch hurga en el imaginario para establecer cómo la gente las lee; William “Holly” Whyte disecciona la vida social de los espacios públicos para conocer por qué unos funcionan y otros no y la abeja reina, la madre del urbanismo, Jane Jacobs, utiliza su percepción sencilla y sin educación formal en diseño, arquitectura o planificación, para replantear completamente la forma en la que se hacía urbanismo en el siglo XX.

Las conclusiones de esos y otros estudios seminales son las mismas. Son pocas las cosas que importan de verdad al momento de hacer ciudad, pero es imposible construir una próspera, atractiva, cómoda y sostenible si no se observa la escala humana y se protege la actividad en el espacio público. Estos dos conceptos son prácticamente anulados en mucha de la obra realizada por la revolución. Especialmente en una que unifica varios lotes de tres manzanas, cierra una calle a la circulación y abre miles de metros cuadrados de espacio urbano mientras eclipsa y ensombrece un barrio entero.

El acto de posarse, infinito, sobre el tejido urbano tiene mucho que ver con el cómo se ha implantado la revolución en el imaginario nacional. Ha ocupado todos los espacios, ha anulado interlocutores, ha monopolizado la comunicación y ha construido una narrativa nacional única, con contexto e historia propios. El edificio hace precisamente eso. Se posa sin escrúpulo alguno sobre el contexto, aprovechando vacíos urbanos para imponer su cuerpo inmenso. Anula los edificios aledaños y diluye los espacios de escala humana alrededor. Se vuelve ubicuo en el barrio y en casi toda la zona norte. Ejerce un campo gravitacional exagerado, por su tamaño, por su escala y por sus proporciones. Pero su pecado mayor es destruir el objetivo principal del espacio público que es el encuentro democrático de ciudadanos y el intercambio entre personas de orígenes, intereses y realidades distintas.

El espacio público tiene reglas. Gehl, Lynch y Whyte las descubrieron; Jacobs y Alexander las concretaron. El intercambio de ideas y conocimiento, la posibilidad de sentir privacidad y la oportunidad de apropiarse del espacio son condiciones que no se cumplen cuando no existe escala humana, cuando los edificios oscurecen la actividad humana y cuando la devastación ahorca la acción humana.

Como metáfora es muy precisa. Materializa la relación que hemos tenido con el Estado, ubicuo, todopoderoso e interventor, desde hace diez años y coopta el potencial del foro público, transformándolo en un lugar de paso para acceder al edificio donde reside el poder.

Como los venecianos, creamos la ciudad que conocemos. Los referentes de ciudad que estamos dejando no son San Marcos ni San Giorgio Maggiore. Es, en este caso, una metáfora, que la sabiduría popular ya bautizó como “la jaula de pollos”. ¿Eso somos?

 

The bones of cities are its anonymous streets, where daily life happens. Great streets have open, accessible ground floors, outdoor sitting, benches, bicycle parking, wide sidewalks, tall, strong trees and shade, parking to shield pedestrians and people enjoying life. 

Durante el segundo semestre de 2014, junto a un equipo de profesionales de primer orden, multidisciplinarios enfocados en desarrollo urbano, fundé en el Municipio de Quito la Oficina de Mecánica Urbana. La intención de esa unidad era encontrar fallas en el funcionamiento de la ciudad y corregirlas, como un mecánico corrige un motor que tiene problemas para moverse.

El proyecto estrella de la oficina de Mecánica Urbana fue el Distrito de Innovación de Quito, que aprovechaba las condiciones urbanas creadas de manera orgánica en el barrio de La Floresta, con un cluster creativo muy importante, otro adicional de servicios, relacionados y no al cluster principal, que complementan y fortalecen la industria, universidades, turismo y empresas.

Para consolidar ese cluster en un Distrito de Innovación hacía falta que Quito tenga una política de innovación que vaya más allá de una directriz de digitalizar servicios en lo que se conoce como una “Smart City” y sea, más bien, una ciudad con un urbanismo inteligente, propuesto por su gente para solucionar problemas puntuales y que sirva para el fortalecimiento de las redes ciudadanas y para el desarrollo económico local. La propuesta de política pública fue presentada a la Alcaldía Metropolitana en los primeros meses de 2015, pero la visión escogida fue otra, anclada a criterios dispersos de innovación y a proyectos puntuales de cada entidad.

Publico aquí las partes relevantes del White Paper de Innovación Metropolitana que desarrollé junto con los mecánicos urbanos.

White Paper de Innovación Metropolitana de Quito

Oficina de Mecánica Urbana – Secretaría de Desarrollo Productivo y Competitividad

 

  1. Aspectos Clave:
  • La mentalidad innovadora de una ciudad es un proceso basado en la inteligencia colectiva y está por encima de factores exógenos como la economía o el gobierno.
  • Cuando los tomadores de decisiones trascienden las políticas publicas basadas en clichés, y se centran en la premisa de la creación de condiciones para el bien de la colectividad, se construye inteligencia urbana desde el gobierno.
  • Cuando el municipio se enfoca en la creación de condiciones urbanas para fomentar encuentros y motivar que los ciudadanos creen y emprendan, se construye un ecosistema de innovación real, basado en las redes ciudadanas.
  • Una administración innovadora cambia los paradigmas de cómo se percibe la ciudad y su inteligencia colectiva, más allá de infraestructura tecnológica o sensores.
  • El liderazgo innovador es transversal e impulsa una visión unificada y clara de cambio y creatividad.
  • La ciudad tiene un horizonte temporal que requiere consolidar procesos ciudadanos de cambios de percepción y mentalidad que generen una constante disrupción del sistema, como pasos previos para la construcción de una ciudad inteligente para la gente y resiliente.

 

  1. Política de innovación

Es el siglo de las ciudades. Más del 50% de la población mundial vive en centros urbanos y para 2035 se espera que haya 3.500 millones de nuevos urbanitas que requerirán techo, servicios y espacio público. Una de las estrategias que pretende solventar el reto de la presión poblacional y que se ha expandido por el mundo de manera rápida y eficaz es la de Smart Cities o Ciudades Inteligentes. Las propuestas enmarcadas en el potencial de la tecnología prometen acompañar a municipios y gobiernos regionales y nacionales en el proceso de actualización tecnológica de la gestión y juntan a corporaciones globales en un mercado de nicho para ofrecer soluciones integrales de servicios, procesos, gestión y apertura que montan toda la información y gestión de servicios públicos sobre herramientas tecnológicas y digitales.

Los alcances de las estrategias de Smart City y sus aplicaciones han crecido exponencialmente desde las primeras iteraciones de “gobierno electrónico” de inicios del siglo e implican para los gobiernos grandes inversiones de capital en sensorización, procesamiento de datos, planes de intervención y otros elementos de lo que ahora se conoce como “ciudad ubicua”. Por la envergadura de los proyectos y las relaciones contractuales a largo plazo, es usual que los gobiernos que compran este tipo de servicios se alineen con las estrategias y planificación de las corporaciones que proveen la arquitectura tecnológica y prestan los servicios digitales.

Desde la academia se ha cuestionado de manera enérgica y reiterada esta aproximación a la digitalización de la gestión pública, debido a que si bien genera un ahorro de pasos, tiempo y plazos, pretende acoger la actualización tecnológica sin generar cambios sustanciales en el comportamiento de los potenciales usuarios ni en los procesos subyacentes que ofrece digitalizar. La respuesta corporativa ha sido la “humanización” de la ciudad inteligente y la proliferación de estrategias de aprovechamiento de las redes sociales y demás herramientas de ciudadanización del proceso tecnológico.

El principio detrás de la Ciudad Inteligente es la disrupción de procesos convencionales mediante herramientas tecnológicas, lo cual va generando innovación a lo largo del camino. La alternativa a esta estrategia de política pública de Quito es pensar en la innovación como un valor o principio transversal que permea todos los ámbitos de la gestión, impulsando microprocesos innovadores en cada acción pública y privada, formando una red ciudadana que piensa distinto, propone soluciones distintas y contagia el pensamiento innovador a otros ámbitos de la gestión. Una política pública de innovación en las ciudades del Sur Global debe apuntar hacia la construcción de programas transversales que reduzcan la presión de inversiones de capital, activen la economía local y construyan redes ciudadanas como colaterales del proceso de actualización tecnológica.

Para efectos de esta política pública, la innovación es vista como el proceso mediante el cual los proyectos, servicios y productos municipales se aproximan desde una óptica distinta a la convencional, aprovechando herramientas creativas para tejer redes, hilar ideas e iniciativas y mejorar la experiencia de la ciudad. Los procesos disruptivos aprovechan el acceso a herramientas tecnológicas que el gobierno local ofrece para cubrir brechas mediante la tecnología, en un entorno de actualización permanente de los sistemas municipales para igualar el estado del arte. La política pública de innovación toma en cuenta las necesidades de actualización tecnológica, los documentos de integración digital a los procesos, proyectos y servicios municipales como la Agenda Digital de Quito con un horizonte trazado a 2022, y las estrategias de adopción de sistemas informáticos para la gestión de la ciudad, pero reduce estos elementos a herramientas subordinadas, que se integran en un momento posterior a los planteamientos creativos y urbanísticos de creación de redes y construcción de capacidades. El trabajo realizado en la creación colectiva y participativa de la Agenda Digital informa la actualización en curso del Plan Metropolitano de Desarrollo, en tanto las provisiones puntuales de acceso a e implementación de tecnología digital en entidades públicas propuestas en la agenda se incorporan a los diversos ejes del documento con un horizonte a 2025.

El concepto de innovación urbana radica en la forma cómo el municipio ve el potencial del espacio físico de la ciudad en la creación de identidad, redes económicas y sostenibilidad, en cómo la gente lo utiliza y lo aprovecha y cómo se juntan los ciudadanos, la academia, las corporaciones y el municipio en la construcción del espacio compartido y en su contribución individual al desarrollo económico. En este sentido, la innovación no es una actividad puntual que se realiza sino una actitud integral de cara a la visión de ciudad y a la gestión urbana. La innovación es el resultado de un entorno que estimula adecuadamente la creatividad, que propicia encuentros de personas, ideas y conocimiento y promueve por lo tanto la generación de soluciones ciudadanas a problemas urbanos de toda escala.

El carácter transversal de la innovación urbana asume que los factores que generan encuentros y producen los efectos mencionados se basan en la calidad centrípeta o atractividad del espacio urbano, en la manera cómo los ciudadanos lo perciben y en la reacción y respuesta de los usuarios ante los estímulos de las características físicas del entorno construido. Por lo tanto, es responsabilidad de una política integral de innovación asignar las competencias de creación de condiciones consistentes con estos planteamientos, en cuatro instancias del gobierno local y sus adscritas, cuyo trabajo se manifiesta de manera tangible en el entorno construido: la planificación del territorio a cargo de la Secretaría de Territorio Hábitat y Vivienda, la política económica a cargo de la Secretaría de Desarrollo Productivo y Competitividad, la visión de movilidad sostenible a cargo de la Secretaría de Movilidad y la construcción de identidad y políticas culturales a cargo de la Secretaría de Cultura.

Las respuestas cívicas que se dan ante la calidad del tejido urbano provienen de estímulos sustentados en evidencias estudiadas en las áreas de la neurociencia y la psicología ambiental. De esas respuestas se conciben a su vez todo tipo de ideas innovadoras y soluciones creativas a problemas urbanos. El factor más importante en este proceso es la devolución de poder e iniciativa a la ciudadanía, que puede producir soluciones con acompañamiento municipal en un marco de libertad creativa, flexibilidad normativa y garantía de accesibilidad a tecnologías de punta. El enfoque especial de la economía creativa (también llamada Economía Naranja) responde a su rol en la creación de procesos disruptivos que modifican drásticamente el mercado y obligan a industrias en todas las áreas a generar procesos de pensamiento creativo y distinto para atender las necesidades de nuevas realidades socioeconómicas, demográficas o ambientales.

Cuando la ciudad ofrece las condiciones urbanas para el encuentro, se fomenta la creación de industrias creativas y se fortalecen los espacios de colaboración productiva, se crea un modelo de innovación social que produce soluciones idóneas y genera mercados emergentes de creación de nuevas tecnologías para solucionar problemáticas cotidianas. El modelo pasa de ser uno en el cual las grandes inversiones en investigación, desarrollo e innovación se ven circunscritas a círculos corporativos con vinculaciones políticas y a un alto poder de endeudamiento o de gasto (I+D+i), a uno basado en las ideas, la creatividad y la eliminación de barreras de entrada, construyendo una sólida base de participación ciudadana en la economía, que se manifiesta en el aprovechamiento de la inteligencia colectiva para desarrollar nuevas ideas de negocio, cubrir brechas en el mercado y generar un entorno de innovación social permanente que cambie y mejore la calidad de vida de la gente (Ic+Dn+iS).

Quito se piensa como una alternativa a las propuestas convencionales de Smart City, por lo cual la decisión entre proveeduría o creatividad trazará la cancha para la estrategia de innovación urbana. Los adelantos tecnológicos permiten muchas y muy diversas opciones al momento de crear las condiciones para que una ciudad sea “inteligente”. Ciudades como Santander o Songdo han adelantado procesos modernizadores desde la iniciativa pública basados en la instalación de tecnología de punta con grandes inversiones de capital, que les permite observar, medir y reaccionar, garantizando una provisión ágil de servicios y una respuesta rápida.

Sus condiciones de arranque, no obstante, han sido distintas a las de Quito. Santander es la capital Smart europea de 2014, hoy líder en la Red Española de Ciudades Inteligentes, con acceso a financiamiento directo de la Unión Europea para proyectos tecnológicos y con arquitectura tecnológica basada en una alianza con la empresa Telefónica, que sirve a una población de renta media alta de menos de 200.000 habitantes.; Por su lado, Songdo, centro tecnológico y de negocios de Corea, ha sido urbanizado privadamente y provisto de toda la infraestructura necesaria en el proceso de construcción, con arquitectura tecnológica provista por uno de los socios, la empresa Cisco. Quito, por su parte, con una realidad en la cual no más del 18% de negocios utiliza Internet como herramienta de trabajo, presenta niveles altos de inequidad así como brechas tecnológicas y de conocimiento muy amplias, lo cual no solo ubica las necesidades urgentes de la población en un ámbito distinto, sino que limita el impacto positivo que la tecnología de punta y las soluciones integrales provistas de manera exclusiva por empresas o conglomerados globales puedan tener en el grueso de la población.

Por lo tanto, en el contexto de la estrategia de innovación, la primera toma de decisión es si la ciudad va a ser inteligente desde los estándares corporativos y tecnológicos, o si lo será, más bien, en su urbanismo y su modelo de gestión. En el primer caso, la ciudad se provee de: tecnología, servicios, y sistemas que permitan leer las condiciones urbanas mediante enjambres de sensores e interpretar los datos por vía de sistemas informáticos complejos que ordenan, facilitan y agilizan la gestión urbana y los servicios al ciudadano.

En el segundo caso, la ciudad crea las condiciones para que haya encuentros productivos, ingresen actores que aporten nuevos procesos disruptivos y se fortalezca un nuevo mercado que demande soluciones más complejas y completas, con la consecuencia inevitable de dinamización de la economía local e inserción de la ciudad en la economía global. Esta alternativa asume que no es el municipio quien construye; esa labor y responsabilidad se devuelven al ciudadano en un proceso de descentralización económica o ciudadanización de la economía. El gobierno local crea las condiciones para fomentar los encuentros en el espacio público, resuelve problemas, facilita soluciones, simplifica procesos y reduce barreras de acceso, e interviene en la reducción de brechas que permitan aprovechar el valor agregado de programas públicos de liberación de datos, gobierno abierto y digital, etc.

Una estrategia de este tipo, innovadora bajo cualquier estándar de gestión, contiene el beneficio adicional de que cada ciudadano con un teléfono inteligente provee datos y mediciones que de otro modo tendrían que ser recogidos por miles de sensores costeados e instalados por el municipio. Esto a más de reducir significativamente el impacto presupuestario de grandes inversiones de capital, crece de manera sostenible y sólida con cada nuevo teléfono inteligente que se acopla a la red y con la contribución de cada ciudadano digital, aprovechando inteligentemente de la tecnología. Adicionalmente, como consecuencia directa del entorno colaborativo y de la construcción del ecosistema, los procesos de desbordamiento o “spillover” motivan la creación de empresas y negocios con proyección exponencial alrededor de las soluciones.

Las soluciones convencionales de Smart City crean un entorno en que el ciudadano recibe información provista por tecnología que no controla, en el marco de un sistema centralizado que la ciudad administra remotamente. En el caso de la innovación urbana, la provisión ciudadana de datos (donde cada individuo con un dispositivo digital móvil es un nodo de una red por concepto descentralizada) es un beneficio colateral al consistente crecimiento de la economía local en el contexto de un proceso de devolución de competencias, libertades e iniciativas al ciudadano. Adicionalmente al dinamismo económico generado, la ciudad se vuelve administradora de datos a bajo costo, sin el impacto presupuestario a largo plazo de la compra de tecnología con obsolescencia programada, lo cual libera recursos para enfocarlos en tareas que profundicen el acceso ciudadano a la tecnología y por lo tanto fortalezcan el círculo de provisión de datos y aporten desde un ángulo adicional con soluciones que fortalecen aún más la economía local.

Devolver el poder y la responsabilidad al ciudadano no exime al gobierno local de su labor en la creación de condiciones idóneas para el intercambio ciudadano ni de su responsabilidad en la implementación de proyectos digitales en las distintas entidades municipales según el camino trazado en la Agenda Digital y en planes subsiguientes. La decisión de construir la red urbana a partir de cada ciudadano como nodo, libera a la ciudad de grandes inversiones de capital y de gestionar la obsolescencia de sus sistemas en el marco de presupuestos limitados y otras necesidades de reducción de brechas y construcción de equidad, que son más apremiantes. Los esfuerzos pueden por lo tanto centrarse en la construcción de un modelo de gestión ágil que no entorpezca ni intervenga en la creatividad y un urbanismo de encuentros y a escala humana que, con base en la evidencia de intervenciones urbanas exitosas en el fomento de procesos de crecimiento económico, permita fortalecer las redes ciudadanas, la identidad y dispare el crecimiento de la economía local.

 

  1. Acciones concretas para impulso de la política de innovación
  2. Designación del Distrito de Innovación
  3. Definir alianzas con sector privado y academia
  4. Implementación del Laboratorio de Ideas Urbanas y Centro de Innovación
  5. Creación de plataforma para juntar mercados invisibles
  6. Establecimiento de mecanismos de evaluación

Sigo insistiendo que la ciudad no es de derecha ni de izquierda. El mismo árbol dará la misma sombra, así sea Adam Smith o Karl Marx quienes lo siembren. La lluvia nos moja a todos por igual y el humo de los buses nos enferma muy democráticamente. Por esa razón, la medición de si una administración es buena o mala, es si logra los objetivos de la ciudad de manera eficiente, más allá de los dogmas y las novelerías. Si la ciudad requiere un millón de árboles para bajar 4ºC como lo que se propuso Melbourne, da igual si los siembra un privado, una corporación inmensa y malvada, el municipio o una universidad. La medida de la eficiencia será si cumple el plazo, si observa los estándares de calidad y si lo hace de la manera más económica. Ponerse a discutir si lo “correcto” es que lo haga el gobierno es un debate bien pendejo y no mide eficiencia.

Dicho eso, creo que la captación de valor (le tengo alergia a la palabreja “plusvalía”) es necesaria por un tema central: un lote con una casa familiar usa agua de cuatro personas, tiene uno o dos carros, descarga aguas servidas de los mismos cuatro ocupantes, y así. Un edificio en el mismo lote, usará agua y descargará aguas servidas de 40 personas, tendrá al menos 20 autos y requerirá algunos estacionamientos de visitas. Eso trae impacto a los sistemas urbanos, demanda de transporte público, congestión de tráfico y demás problemas, cuyos costos deberían ser cubiertos por el desarrollador inmobiliario. No hay razón alguna para que terceros deban asumir el costo de actualizar las capacidades de carga de sistemas, vías y servicios, por lo cual es lógico que los desarrolladores deban pagar el costo real de sus proyectos. Para eso se captura valor.

(Párrafo modificado luego de la aclaración de un concejal de AP) Veo ahora que un concejal de ese partido verdeagüita que tiene arruinado el país y empeñada hasta la camisa bordada a los chinos, está difundiendo el texto de la nueva ordenanza de captación de plusvalías

Pongo a consideración un par de reflexiones al texto de la ordenanza de captura de plusvalías que se maneja en el MDMQ, no sin antes hacer el disclaimer: broderes, la economía del partido verdeagüita, que de seguro apoyará un sistema de captura de valor basado en la “ganancia inmerecida” nos arruinó y tiene empeñada hasta la camisa bordada a los chinos. La plata del boom petrolero se hizo humo con ideas económicas estúpidas. Esa economía ha probado ser inservible en tan solo 9 años, y Quito se merece algo distinto.

1. La plusvalía o el valor adicional que adquiere un predio, depende de varios factores. Es un error pensar que la acción municipal es el único. Muchas veces, es la acción de un inversionista privado que mejora un barrio con su emprendimiento e incrementa el valor del suelo sin intervención municipal, otras tantas son varios actores privados que escogen urbanizar zonas rurales y eso incrementa asimismo el valor del suelo, precediendo la acción municipal de declararlo suelo urbano o de realizar obras de asfaltado, alcantarillado, etc. Incluso en zonas donde el Muni intervino, el valor aumenta realmente cuando llega un ancla, usualmente privada, por lo que el momento generador de plusvalía no es solo producto de la acción pública. Es un error por lo tanto desconocer esa dinámica mucho más compleja, que deja las formulitas matemáticas de la ordenanza como un galimatías innecesario.

2. Una ordenanza de este tipo debe ser cuidadosa. Los valores a ser captados no pueden ir a dar en el pozo sin fondo de la cuenta única municipal (¿cómo nos ha ido con esa novelería a nivel nacional ah?). Debe establecerse mecanismos claros que obliguen al Muni a invertir en la remediación del sitio de donde proceden esos fondos. Que eso es poco solidario? Averigüen mejor por qué esas zonas son más atractivas y repliquen las condiciones, sin diluirlas en el sitio original. La ciudad siempre tendrá ganadores y perdedores. Que eso impulsa más el mercado inmobiliario? Pues pónganse las pilas y organicen los impuestos municipales para reaccionar a los ciclos del mercado. 

3. Es necesario proteger la propiedad privada. Nueve años de novelerías y cuentos han dejado a nivel nacional una estela de inestabilidad en la economía que debería ser suficiente para saber por dónde no hay que ir. Las acciones encaminadas a precarizar la propiedad y favorecer al Estado han disparado el riesgo país, limitado las inversiones extranjeras y desbaratado la productividad. No caigamos en eso mismo a nivel local. La norma debe incorporar mecanismos para que cuando la acción municipal reduce comprobadamente el valor de un predio, el propietario tenga recurso para demandar a la ciudad. 

La normativa urbana debe estar encaminada a generar mejores condiciones de convivencia. Es necesario establecer regulaciones que ordenen la escala y relaciones urbanas de los proyectos inmobiliarios privados tanto como de los proyectos viales públicos, por poner un ejemplo. A nivel local, se debe generar normativa con reglas claras que mejoren la convivencia en la ciudad y no instrumentos interventores que distorsionen la economía urbana. No es viable seguir llenando el archivo metropolitano de instrumentos punitivos que restringen la acción humana e intervienen campos de decisión personal que deben ser intocables, cuando hay muy pocas ordenanzas adecuadas que crean condiciones para que todos, en conjunto, hagamos una mejor ciudad.