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Sigo insistiendo que la ciudad no es de derecha ni de izquierda. El mismo árbol dará la misma sombra, así sea Adam Smith o Karl Marx quienes lo siembren. La lluvia nos moja a todos por igual y el humo de los buses nos enferma muy democráticamente. Por esa razón, la medición de si una administración es buena o mala, es si logra los objetivos de la ciudad de manera eficiente, más allá de los dogmas y las novelerías. Si la ciudad requiere un millón de árboles para bajar 4ºC como lo que se propuso Melbourne, da igual si los siembra un privado, una corporación inmensa y malvada, el municipio o una universidad. La medida de la eficiencia será si cumple el plazo, si observa los estándares de calidad y si lo hace de la manera más económica. Ponerse a discutir si lo “correcto” es que lo haga el gobierno es un debate bien pendejo y no mide eficiencia.

Dicho eso, creo que la captación de valor (le tengo alergia a la palabreja “plusvalía”) es necesaria por un tema central: un lote con una casa familiar usa agua de cuatro personas, tiene uno o dos carros, descarga aguas servidas de los mismos cuatro ocupantes, y así. Un edificio en el mismo lote, usará agua y descargará aguas servidas de 40 personas, tendrá al menos 20 autos y requerirá algunos estacionamientos de visitas. Eso trae impacto a los sistemas urbanos, demanda de transporte público, congestión de tráfico y demás problemas, cuyos costos deberían ser cubiertos por el desarrollador inmobiliario. No hay razón alguna para que terceros deban asumir el costo de actualizar las capacidades de carga de sistemas, vías y servicios, por lo cual es lógico que los desarrolladores deban pagar el costo real de sus proyectos. Para eso se captura valor.

(Párrafo modificado luego de la aclaración de un concejal de AP) Veo ahora que un concejal de ese partido verdeagüita que tiene arruinado el país y empeñada hasta la camisa bordada a los chinos, está difundiendo el texto de la nueva ordenanza de captación de plusvalías

Pongo a consideración un par de reflexiones al texto de la ordenanza de captura de plusvalías que se maneja en el MDMQ, no sin antes hacer el disclaimer: broderes, la economía del partido verdeagüita, que de seguro apoyará un sistema de captura de valor basado en la “ganancia inmerecida” nos arruinó y tiene empeñada hasta la camisa bordada a los chinos. La plata del boom petrolero se hizo humo con ideas económicas estúpidas. Esa economía ha probado ser inservible en tan solo 9 años, y Quito se merece algo distinto.

1. La plusvalía o el valor adicional que adquiere un predio, depende de varios factores. Es un error pensar que la acción municipal es el único. Muchas veces, es la acción de un inversionista privado que mejora un barrio con su emprendimiento e incrementa el valor del suelo sin intervención municipal, otras tantas son varios actores privados que escogen urbanizar zonas rurales y eso incrementa asimismo el valor del suelo, precediendo la acción municipal de declararlo suelo urbano o de realizar obras de asfaltado, alcantarillado, etc. Incluso en zonas donde el Muni intervino, el valor aumenta realmente cuando llega un ancla, usualmente privada, por lo que el momento generador de plusvalía no es solo producto de la acción pública. Es un error por lo tanto desconocer esa dinámica mucho más compleja, que deja las formulitas matemáticas de la ordenanza como un galimatías innecesario.

2. Una ordenanza de este tipo debe ser cuidadosa. Los valores a ser captados no pueden ir a dar en el pozo sin fondo de la cuenta única municipal (¿cómo nos ha ido con esa novelería a nivel nacional ah?). Debe establecerse mecanismos claros que obliguen al Muni a invertir en la remediación del sitio de donde proceden esos fondos. Que eso es poco solidario? Averigüen mejor por qué esas zonas son más atractivas y repliquen las condiciones, sin diluirlas en el sitio original. La ciudad siempre tendrá ganadores y perdedores. Que eso impulsa más el mercado inmobiliario? Pues pónganse las pilas y organicen los impuestos municipales para reaccionar a los ciclos del mercado. 

3. Es necesario proteger la propiedad privada. Nueve años de novelerías y cuentos han dejado a nivel nacional una estela de inestabilidad en la economía que debería ser suficiente para saber por dónde no hay que ir. Las acciones encaminadas a precarizar la propiedad y favorecer al Estado han disparado el riesgo país, limitado las inversiones extranjeras y desbaratado la productividad. No caigamos en eso mismo a nivel local. La norma debe incorporar mecanismos para que cuando la acción municipal reduce comprobadamente el valor de un predio, el propietario tenga recurso para demandar a la ciudad. 

La normativa urbana debe estar encaminada a generar mejores condiciones de convivencia. Es necesario establecer regulaciones que ordenen la escala y relaciones urbanas de los proyectos inmobiliarios privados tanto como de los proyectos viales públicos, por poner un ejemplo. A nivel local, se debe generar normativa con reglas claras que mejoren la convivencia en la ciudad y no instrumentos interventores que distorsionen la economía urbana. No es viable seguir llenando el archivo metropolitano de instrumentos punitivos que restringen la acción humana e intervienen campos de decisión personal que deben ser intocables, cuando hay muy pocas ordenanzas adecuadas que crean condiciones para que todos, en conjunto, hagamos una mejor ciudad.

Yo sí creo que Occidente tiene responsabilidad. Ha sido permisivo con sus valores, ha renunciado a sus principios, ha censurado su origen judeocristiano y celebrado todo lo que no solo no le pertenece sino que le es antagónico. Ha preferido esconder la cabeza bajo la tierra y subordinarse ante la culpa. 

Por eso, hoy, yo no soy París. Yo soy y seguiré siendo Europa, que, desgraciadamente, ya no parece ser lo mismo.

El otro día hablábamos con Gil Peñalosa y Cecilia Martínez del Project for Public Spaces sobre vallas publicitarias. Gil se quejaba amargamente de que arruinemos la experiencia de nuestros parques con grandes vallas, y Cecilia argumentaba que además de ser invasivas, a veces contenían mensajes racistas como aquella en México que trata de vender autos diciéndole al potencial comprador “no huelas a Metro”.

Detesto las vallas. Creo que de hecho son invasivas, su escala es para ser vista a 100km/h y por lo tanto no tienen nada que hacer dentro de la ciudad, donde la velocidad a la que nos desplazamos es infinitamente menor. Y no estoy de acuerdo con mensajes groseros como el de esa publicidad de autos.

Sin embargo, tengo un respeto profundo por la profesión publicitaria. Todos los procesos de pensamiento que se generan para definir un segmento objetivo, un mensaje, un lenguaje y unas piezas son fascinantes. Intervienen la sociología, la psicología, el diseño, la teoría del color y la economía. Una campaña es algo muy serio. Prueba de aquello es que cuando se fundamenta bien, una campaña puede vender miles de autos o puede hacer que miles se bajen de los suyos y agarren una bicicleta.

El estudio detrás de un mensaje muy mal logrado como “no huelas a Metro” es evidentemente bueno. Un sistema de transporte subterráneo como el de México, utilizado principalmente por los quintiles bajos de la población, no es atractivo para todos, especialmente en contextos segregados como el latinoamericano. Los urbanistas tenemos en problemas como ese una oportunidad de oro, si solo escucháramos a la publicidad y comprendiéramos que sus mensajes están hechos científicamente para apelar a algún dolor, algún vacío o alguna promesa. 

Tratamos de resolver problemas como el de que el transporte público no es utilizado por los quintiles altos, y utilizamos todo tipo de argucias para obligarles los conductores de ese segmento a dejar el auto y tomar un bus. Si escucháramos a la publicidad y le diéramos crédito a sus procesos, tal vez encontraríamos que la solución no está en cargar de impuestos a los automóviles, subir el costo de estacionamientos o imponer peajes urbanos, sino, tal vez, en crear un muy eficiente sistema de ventilación en las unidades del transporte público.

Todo depende de que dejemos de pensar de manera lineal y nos interesemos por hackear de verdad los sistemas.

A junio de 2015, la dicotomía conservación vs. Placemaking es uno de mis temas de estudio. Luego de encontrarme con la experiencia desgastante de pensar en un Centro Histórico que conserve su identidad, su gente, sus garrapiñadas y sus rincones, pero que para eso no necesita apestar a orinas ni tener calzadas y veredas grasientas y sucias porque el derecho a trabajar que reclaman algunos aparentemente exime de responsabilidades de todo tipo.

Tampoco creo que la gentrificación deba ser un factor que frene cualquier esfuerzo de rehabilitación o regeneración urbana. Los procesos y los ciclos de la ciudad requieren estar acorde con la realidad. Eso asusta y no necesariamente es un asunto menor, pero los cambios son beneficiosos para la ciudad siempre.

Sociólogos, arquitectos y urbanistas siempre querrán complejizar el problema más de lo debido, pero yo insistiré siempre que con creatividad, pedagogía y el sentido de que nuestra profesión está hecha para mejorar vidas, podemos hacer ciudades mejores, con la ayuda de quienes las van a utilizar.

Esta tarde me topé con una vista de Quito que no conocía. Tengo una especie de obsesión con los rincones de las ciudades. Busco siempre los lugares que ofrecen intimidad, seguridad, contención. Esos son los que trato de recordar y mi biblioteca de fotografías está repleta de puertas con macetas, patios microscópicos, alguna banca solitaria, sillas movibles, piletas, qué sé yo, espacios pequeños desde donde se mira pasar la ciudad.

Ese rincón “nuevo” de Quito está en la calle Guayaquil, que tal vez constituye una de las primeras memorias que tengo del Centro Histórico.  

Desde la esquina con Mejía, está resurgiendo la fachada trasera del convento de San Agustín. Largamente obscurecida por un bodrio modernista donde funcionaba el Registro Civil en la época en que la gente se limpiaba la tinta de los dedos en las paredes, emerge ahora resaltada por la topografía como un triunfo del buen urbanismo.

La demolición de construcciones sin valor alguno – que más bien le quitan valor a la ciudad – se pensó como estrategia para liberar la trama de las deformaciones que le impuso el sinsentido arquitectónico del siglo XX. Tal es su éxito que la plaza que reemplazó al agresivo edificio de la Dirección de Salud en Mejía y García Moreno, mal construída al apuro, y un poco distinta de como fue originalmente concebida, ya está absolutamente asumida en el imaginario y es ampliamente utilizada por niños, ancianos, mujeres, gordos, bajitos, ricos y pobres.

Así como la construcción de plazas urbanas, la inserción de edificios contemporáneos en centros históricos tiene el potencial de desatar procesos urbanos riquísimos y poner en valor vecindarios enteros. Pienso en el trabajo de Campo Baeza en Zamora, el de Scarpa en Verona o el de Piano en París. Hasta se me antoja incluir en la lista a Wright en Nueva York. 

La clave, la receta de esas y todas las demás intervenciones exitosas en áreas históricas tienen en común elementos que se reproducen una y otra vez. El arquitecto austríaco Christopher Alexander encontró que los espacios, los edificios y las ciudades exitosas tenían varias cosas en común, como las tenían aquellas que no salían tan bien paradas. Alexander aisló esos elementos y encontró que estaban compuestos de combinaciones de objetos. Una puerta, su peso y materiales, el arco que la enmarca y la diferencia de la luz a cada lado del umbral hacen un patrón de “entrada”, y un patio, la vegetación que contiene, los espacios para sentarse, la sombra y su relación con el interior hacen un patrón de “estancia exterior”. Juntos, estos patrones conforman un lenguaje que tiene una estructura y comunica un mensaje.

La estrategia de conservación de áreas históricas como nuestro Centro debe tomar en cuenta que las edificaciones son conjuntos de patrones que conversan – o no – con los patrones más grandes del barrio. Las decisiones de conservación no son solo técnicas, constructivas y materiales, sino principalmente urbanas. De allí el inmenso alivio que se siente al caminar por esa esquina de la calle Mejía y experimentar una ciudad que respira, que conecta su malla urbana con los cerros circundantes y que permite observar rincones de la ciudad que estaban tapados con hormigón y ladrillos.

La contemporaneidad nos obliga a ver el patrimonio como un bien aprovechable y como parte de una ciudad viva, abierta y multicultural. Si convenimos que la ciudad está hecha no de edificios sino de patrones, y que éstos están, a su vez, compuestos no por un estilo sino por patrones de escala menor, es apropiado pensar que la conservación de áreas históricas no debe enfocarse exclusivamente en conservar el ladrillos sino también en preservar aquellos patrones que le permitirán perpetuar su carácter y su identidad y seguir brindando una experiencia al usuario. Este razonamiento permite abrir puertas hasta hoy cerradas al momento de plantearse estrategias de conservación de áreas históricas. Las posibilidades se vuelven infinitas y podemos pasar del pensamiento lineal a uno exponencial, donde la creatividad nos permita generar procesos de conservación enfocados en patrones, en el patrimonio intangible y en la experiencia urbana, más allá de los ladrillos y el mortero. 

Esta es una mirada completamente innovadora de la conservación patrimonial. La búsqueda de patrones para recuperar experiencias por encima de la nostalgia por edificaciones puntuales es lo que llamo “Conservación Creativa”. 

 Este blog es personal, y por lo tanto las opiniones aquí registradas son propias y no representan a la institución donde presto temporalmente mis servicios. Esta condición no me impide reflexionar sobre las lecciones de todo tipo aprendidas durante el año que pasó desde mayo de 2014. 

En un artículo reciente, leía que el hackeo no necesariamente se refiere a ingresar por la fuerza a sistemas informáticos ajenos, sino que es una conducta que permite mirar las cosas distinto y replantea, desde el origen, las distintas maneras en que cada cosa puede cumplir su objetivo. Hackear no es una actividad sino una actitud ante la vida. 

En este caso, analizo la arquitectura organizacional de los gobiernos autónomos descentralizados de nivel municipal. Nuestro sistema público está construido para desconfiar del funcionario, y exige que éste justifique que no ha incurrido en infracciones o irregularidades. Esto destruye la creatividad y la agilidad del funcionario y de la institución. Todo se basa en el miedo, y así el control es fácil. Yo propongo hackear los municipios y mirar las oportunidades desde una lógica organizacional completamente distinta.

La gestión de una ciudad moderna debe deshacerse de taras administrativas, para lo cual requiere de la separación de los pensadores y ejecutores. Usualmente, una persona que destaque en uno de esos dos campos, no lo hará en el otro. Y si alguien promete destacar en ambos, será excepcional o miente mientras haya incautos que le crean. 

El municipio debe funcionar de ese modo. Es el alcalde quien determina la visión, quien imprime el modelo de liderazgo y quien guía con su personalidad el comportamiento organizacional de la corporación. Es la cabeza política y visible de la ciudad. Para la ejecución e implementación de planes, programas y proyectos, debe designar a alguien de suma confianza, que haga las veces de CEO. 

El alcalde deberá tener sus secretarios pensadores creativos expertos en sus áreas, quienes propondrán políticas públicas, definirán planes y supervisarán programas y proyectos; y un par de asesores, que le asistirán en la toma de decisiones. El uno con conocimiento de economía, y el otro experto en temas de ciudad. 

El City Manager deberá tener bajo su cargo todo lo administrativo: compras, recursos humanos, gestión de activos y demás áreas. Deberá asimismo planificar la economía institucional (distinta labor que la de planificar la ciudad, cosa que tiene a su cargo la Secretaría del área, según el COOTAD), gestionar presupuestos, asignar recursos y relacionarse operativamente con otros niveles de gobierno. Finalmente, debe coordinar a todas las empresas públicas que ejecutan las políticas delineadas por el alcalde,  supervisar las agencias de regulación y control, policía local, administraciones zonales, unidades especiales, institutos y demás entidades, y definir la arquitectura organizacional, para optimizar los recursos y garantizar que la escala de las entidades sea la apropiada para sus funciones (insertar un guiño al hackeo de gigantes inmanejables como la EPMMOP de Quito).

Todo esto puede compatibilizarse con lo dispuesto en las normas como el COOTAD y en los requerimientos de la planificación nacional. Pero primero, debe comprenderse a nivel de cabezas y difundirse por toda la institución. Los municipios que construyan un marco normativo en ese sentido, ganarán en agilidad, eficiencia y capacidad de reacción.

La gente suele aferrarse a las regulaciones como si resolvieran algo. La mayoría de las veces, por el contrario, los marcos normativos “superavanzados” tapan un huequito por aquí y crean varios cráteres por allá. Los argumentos para insistir en una ley que ha probado generar más consecuencias no intencionadas que beneficios reales son, usualmente, pobres.

Cuando estos marcos normativos tratan de preservar a toda costa el patrimonio entendido como edificios individuales, se quedan en una sola dimensión. Buscan, por todos los medios, conservar aspectos puntuales y no logran, como ninguna ley promulgada para tapar un hueco específico lo ha logrado nunca, ser flexible a realidades cambiantes y ajustarse a los cambios sociales rápidos del mundo actual. Las incompatibilidades abundan el rato de analizar cada caso puntual y los defensores a ambos lados del espectro, regulados y reguladores, esgrimen el único argumento de que el marco regulatorio debe reforzarse, defenderse y profundizarse su alcance. Más Estado para resolver el problema de que hay demasiado Estado.

Los casos puntuales son tristes. Sobre todo en entornos patrimoniales que terminan un ciclo cuando salen las primeras generaciones que ocupan los inmuebles. Familiares, herederos o nuevos dueños se enfrentan a nuevas necesidades de uso y restricciones que solo permiten el uso anterior. La afectación patrimonial empuja el valor del inmueble hacia abajo y la camisa de fuerza impide reformas necesarias. Los nuevos usuarios serán por lo tanto oficinas o locales de nivel medio para abajo. No están lejos de ese momento las mecánicas, los bares de mala muerte y el retaceo para instalar bazares y tienduchas.

Vale leer a Glaeser y darse una vueltita por Italia, Japón o Turquía, donde han perfeccionado el arte de preservar el espíritu con que sus ciudades se crearon, preservando sus conjuntos y edificaciones patrimoniales sin aferrarse a ladrillos, que por sí solos no hacen ciudad.

Mi primer teléfono celular llegó en 1998. Unos meses después, me fui a vivir en los Estados Unidos. Cuando regresé a Ecuador en 2003, tenía aún conexión Dial-up para entrar a Internet. Luego viví un tiempo en Holanda y mi piso no tenía conexión WiFi sino con cable. Mi primer iPad lo adquirí en 2011. Desde 1998 han pasado 17 años, y los avances de la tecnología han sido exponenciales. Para pasar de la televisión en blanco y negro a las planas con HD pasaron 50 años, y en menos de 20 tenemos proyectores 4D, pantallas de todo tamaño con Retina Display y próximamente holográficas.

Pasa igual con la conectividad. Hasta 1998, si quería comunicarme con alguien, debía llamar a su casa, saludar a quien sea que conteste el teléfono y preguntar si esa persona estaba allí y se podía acercar. En 17 años, sé exactamente dónde están mis contactos y tengo por lo menos 10 maneras de comunicarme con cada uno de ellos. Entre la invención del teléfono y la primera llamada por celular pasaron 100 años y entre esa primera llamada realizada por Martin Cooper hasta el Keynote Address en la cual Steve Jobs presentó Facetime en 2010, pasaron solo 30 años. Y desde ese día hasta hoy, en 5 años, quizás ha habido más saltos exponenciales en el desarrollo tecnológico que en toda la historia de la tecnología.

Esos saltos exponenciales nos dan una idea de hacia dónde va el mundo. Nikola Tesla estaría orgulloso de ver, no solo que ya la transmisión sin cables de electricidad nos permite cargar nuestros teléfonos, sino de que una empresa que lleva su nombre acaba de anunciar que ha hecho realidad la autosostenibilidad energética para casas individuales.

Los cambios demográficos y los avances de la tecnología se manifiestan también en la tendencia DIY o “Do it yourself” (Hágalo usted mismo) que se ha tomado el mundo. El fenómeno IKEA que potencialmente pudo hacer que todas las casas se vean iguales, ha sacado el interiorista que hay en cada uno de nosotros y conozco pocas personas que no han armado (o pedido ayuda para armar) un mueble de IKEA sin contratar un carpintero o un instalador.

Estos saltos tecnológicos son el escenario, el “marco tecnológico” en el que las soluciones que aparecen cada día marcan un antes y un después en la historia de la dominación política.

Me explico: En primer lugar fueron las redes sociales. Nos permitieron acercarnos, formar comunidades mucho más sólidas que las que se forman solo con la cercanía, porque están basadas en intereses comunes. Facilitaron la formación de grupos de activismo y el surgimiento de líderes. La comunicación de dos vías ha acercado los gobiernos a la gente y ha motivado una relación distinta con el poder, donde un presidente, antes inalcanzable, responde en un tuit un cuestionamiento ciudadano de alguien en otra ciudad. El pedestal de las “autoridades” se rompe en pedazos y su campo de acción se nivela con el del ciudadano.

Las instituciones que esos políticos manejan se someten también al escrutinio de la ciudadanía y al cuestionamiento y recomendación, más o menos amable dependiendo del caso, de qué hacer, qué camino tomar y cómo tomar decisiones. El grado de respuesta que puedan tener distintos gobernantes y distintos aparatos burocráticos no cambia el hecho de que la gente los tiene a su alcance para cuestionarles y reclamar la responsabilidad que los gobiernos tienen con el encargo de la política, la economía, la cultura, el medio ambiente y otros que se les hace en democracia.

Las redes han cambiado, también, la manera en que consumimos información. Permiten flujos mucho más rápidos de noticias y escapan a la censura, contando y difundiendo lo que los gobiernos no quieren que sepamos a millones de personas en un click, y mucho más rápido de lo que los censores gubernamentales pueden intervenir.

En segundo lugar, el cambio hacia la economía colaborativa, compartida y creativa ha roto los esquemas de antes, cuando se guardaban celosamente las patentes, la información y los descubrimientos. La misma Tesla liberó sus patentes hace un tiempo y Elon Musk, el hombre detrás de la visión, anunció que para sus nuevas baterías conocidas como Powerwall haría lo mismo. Gracias a esas condiciones, cada vez más gente comparte conocimiento e información, y cualquiera puede realizar el servicio técnico de sus dispositivos móviles, computadores, refrigeradores o automóviles. Gracias a la tecnología podemos prescindir del componente más costoso de casi todos los procesos: la mano de obra contratada.

Pinterest nos exime de pagar por un diseñador, Uber de financiar un mórbido sistema de mafias de transporte y gracias a Airbnb prescindimos de sobrepagar hoteles cuyos precios están en función de qué se inventan los reguladores. Con Trip Advisor ya no necesitamos contratar tours, con Epicurious somos nuestro propio chef y podemos editar nuestros libros y publicarlos electrónicamente sin pasar por la censura de editores con agenda propia o “motivada” por ideas políticas y financiada por gobiernos.

Hay una clara tendencia que se desprende de todo esto. El DIY es un fenómento ya universal. Falta poco para que empiece a reemplazar la acción gubernamental y por lo tanto las relaciones de la dominación política actual. El Placemaking y el Urbanismo táctico están reemplazando la acción de los departamentos de planificación y obras públicas en escala micro y les han obligado a dar un giro de 180º en sus criterios de intervención. Basta ver el caso de Cheonggechon en Seúl o el de Times Square en Nueva York. Espacios replanteados para el ciudadano a partir de la tendencia que marcan los procesos de planificación participativa donde son los ciudadanos los que deciden, y no el gran planificador.

De igual modo pasa con los autos sin conductor de Google, que no solo prescinden de alguien que los guíe sino que sus sistemas de navegación son tan avanzados que no necesitarían, teóricamente, de semáforos, policías, control de tránsito y otras formas de intervención gubernamental. Si funcionan con electricidad, prescinden de Big Oil y sus aliados gubernamentales y si llegan a flotar, cosa que no sorprendería con el ritmo de avances que llevamos, tampoco necesitarían que un burócrata pavimente calles. Todo se controlaría por una red imposible de romper, hecha de miles de sensores individuales que se comunican unos con otros. Es el Internet of Everything, que ya es tema de conversación y clarísima tendencia.

Pero faltaba el gran golpe, que lo han dado Elon Musk y Tesla Energy este 30 de abril. El paquete de batería para el hogar “Powerwall” permite tener 10Mw/h con carga solar, inagotable, que no depende de la red eléctrica, por solo $3500. Es, creo, el primer paso para liberar los hogares del control que tienen las empresas eléctricas, que en nuestros países aún son gubernamentales. Pero más importante, es un mensaje claro y legible: todos los monopolios que crean los gobiernos para controlarnos con la excusa de que las inversiones son inmensas y deben ser emprendidas a nivel gubernamental van a ser un concepto obsoleto. Elon Musk acaba de demostrar que las economías de escala no son una condición para el funcionamiento de la economía y la sociedad.

Estamos viendo el futuro, y allí el Estado y los políticos son obsoletos. Thanks, Elon.