La arquitectura de la revolución. Una metáfora del rol del Estado en la última década

Goethe decía que no es difícil explicar el altísimo nivel de la producción artística en Venecia, dado que sus artistas crecieron viendo, pues, Venecia. La belleza, la proporción, el contexto, la sensibilidad entra por los ojos. Su asimilación no resiste aprendizaje. Entra por convivencia. Isfahan, Kyoto, Florencia son una experiencia educativa para quien las vive día a día. Tal como un suburbio madrileño, un banlieue en Marsella o una de esas nuevas ciudades anónimas que el partido comunista chino produce en serie. Unas mejores que las otras.

No cuesta mucho imaginar a unos jóvenes ecuatorianos, futuros presidente y ministro de desarrollo urbano, deslumbrados por edificios que reflejan el poderío gubernamental como la biblioteca nacional Francois Mitterrand frente al Sena, en París, o el edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas. Son estructuras que se inscriben en el modernismo más académicamente correcto, producto de la obsesión por la grandeza y el hormigón que nos dejaron sus años dorados en Europa. Las cuatro torres de la biblioteca se elevan en un podio, rodeadas de espacio abierto, con distancia suficiente entre ellas para asegurar el sol, la ventilación y la recreación de los usuarios, como dicta el canon corbuseano. La plataforma de la Comisión se ubica en un “campus europeo” y su casi cuarto de millón de metros cuadrados fue diseñado para albergar a tres mil burócratas y al menos la mitad de vehículos, con carreteras y demás infraestructura dedicada a su servicio.

Tampoco cuesta imaginar la visión de una ciudad con su distrito gubernamental y sus grandes edificaciones que quisieron imponer sobre Quito aquellos asombrados jóvenes que llegaron hace un par de décadas a París y Bruselas a perfeccionarse profesionalmente. Ni el éxtasis con que un alcalde pudo haber recibido esos proyectos, pensando en ser recordado como el gran modernizador de la ciudad.

La arquitectura se ha utilizado siempre como herramienta de transmisión de ideas. A veces, también, de imposición de modelos. Los templos helénicos, las basílicas de los emperadores romanos, las grandes catedrales de la Cristiandad, los palazzi de las repúblicas italianas fueron hechos para venerar. Persépolis, La Alhambra, Dolma Bahce, Giza o Versalles son monumentos arquitectónicos que han servido para alimentar una narrativa de reverencia a una deidad; divina o terrena, da igual.

Con la llegada de las repúblicas modernas, el todopoderoso Estado echó mano de esa herramienta, por demás útil, que constituye la construcción. Los valores “democráticos” se plasmaron en estructuras que representan el peso del Estado sobre el individuo. Washington DC es quizás uno de los mejores ejemplos a nivel urbano de cómo la solidez y el peso del gobierno se manifiestan en la gravitas de los edificios.

Los gobiernos no están solos en ese esfuerzo. El poder de la arquitectura para enviar un mensaje es mayor que el del resto de artes. Los bancos, que venden confianza, se decantaban por la arquitectura neoclásica. Las iglesias, que venden espiritualidad, construyeron una atmósfera celestial con el estilo gótico. El Socialismo, que vende fantasías, aprovechó la nivelación forzosa de los grandes edificios residenciales, anónimos, grises y replicables.

Los edificios no son inocuos. Un cuadro, una escultura o un poema pueden ser velados fácilmente. Los edificios son una imposición de por sí y no es opcional no verlos cuando se transita por la ciudad. Barthes se refería a la torre Eiffel como el monumento que ve y que es visto en todas partes, por todos. El ciudadano se mueve entre edificios, ocupando el espacio entre ellos.

El gobierno de la Revolución Ciudadana se sustenta en un discurso fundacional. Antes, no había escuelas, carreteras ni hospitales. Los que hoy se alzan son un símbolo de que con un gobierno patriota, todo se puede. Pero la narrativa de preeminencia estatal requiere de hitos más simbólicos. Quizás una nueva ciudad, á la Kubitschek, o complejos que dominen el entorno y el imaginario, como el Rockefeller Center.

Allí empiezan a jugar los arquetipos, los recuerdos de primeras impresiones, de grandes edificios, de la experiencia de esos jóvenes deslumbrados por el legado de Mitterrand y de la gigantesca maquinaria europea.

La lógica para pensar en “plataformas”, que es el nombre escogido por la revolución para denominar grandes superficies dedicadas a albergar varios servicios estatales relacionados no es difícil de desenredar. La desproporción en la visión de grandes obras no es nueva. La ligereza con que se sumaron las más de cuatro mil hectáreas expropiadas para hacer la ciudad del conocimiento es un indicador. ¿La razón? El presidente así lo quiso. Con esa misma lógica se concentra una altísima densidad de actividades estatales en un solo edificio, en un momento urbano en que lo que se busca es crear centralidades bien servidas y que no motiven desplazamientos a nivel metropolitano.

Construir distritos con una vocación específica dentro de una ciudad no es una práctica nueva. De hecho es una de las tendencias de planificación más avanzadas. No debería ser un tema a conversar, como sí lo es el resultado, especialmente en lo que tiene que ver con la llamada Plataforma Financiera de la avenida Amazonas, en Quito.

No hay duda de que el diseño sea bueno. La funcionalidad del edificio seguramente está a tono con los últimos avances en diseño arquitectónico. El proyecto fue el seleccionado de entre varias opciones que se presentaron a un concurso. No es momento de dudar, tampoco, de la transparencia de ese concurso ni de si amasar un inmenso producto del talento arquitectónico local tuvo alguna intención oculta por parte de las autoridades.

Tampoco quiero hacer un análisis de las implicaciones urbanísticas, del proceso de aprobación de la plataforma en el Municipio y de cómo la plataforma calza en la visión modernizadora de la administración edilicia del momento. La arquitectura debe juzgarse por su función, sí. Y por su concepto, también. Pero si no aporta con belleza y armonía al entorno urbano, un edificio fracasa. La calidad de la ciudad se reduce. La experiencia del usuario se deteriora.

Es por eso que desde hace décadas urbanistas pioneros se han dedicado a estudiar las ciudades no desde el punto de vista del diseño sino del de la experiencia. Jan Gehl se zambulle en los espacios entre edificios para buscar dónde está el secreto de las ciudades; Christopher Alexander utiliza su conocimiento sobre sistemas complejos para encontrar los patrones que las fundamentan; Kevin Lynch hurga en el imaginario para establecer cómo la gente las lee; William “Holly” Whyte disecciona la vida social de los espacios públicos para conocer por qué unos funcionan y otros no y la abeja reina, la madre del urbanismo, Jane Jacobs, utiliza su percepción sencilla y sin educación formal en diseño, arquitectura o planificación, para replantear completamente la forma en la que se hacía urbanismo en el siglo XX.

Las conclusiones de esos y otros estudios seminales son las mismas. Son pocas las cosas que importan de verdad al momento de hacer ciudad, pero es imposible construir una próspera, atractiva, cómoda y sostenible si no se observa la escala humana y se protege la actividad en el espacio público. Estos dos conceptos son prácticamente anulados en mucha de la obra realizada por la revolución. Especialmente en una que unifica varios lotes de tres manzanas, cierra una calle a la circulación y abre miles de metros cuadrados de espacio urbano mientras eclipsa y ensombrece un barrio entero.

El acto de posarse, infinito, sobre el tejido urbano tiene mucho que ver con el cómo se ha implantado la revolución en el imaginario nacional. Ha ocupado todos los espacios, ha anulado interlocutores, ha monopolizado la comunicación y ha construido una narrativa nacional única, con contexto e historia propios. El edificio hace precisamente eso. Se posa sin escrúpulo alguno sobre el contexto, aprovechando vacíos urbanos para imponer su cuerpo inmenso. Anula los edificios aledaños y diluye los espacios de escala humana alrededor. Se vuelve ubicuo en el barrio y en casi toda la zona norte. Ejerce un campo gravitacional exagerado, por su tamaño, por su escala y por sus proporciones. Pero su pecado mayor es destruir el objetivo principal del espacio público que es el encuentro democrático de ciudadanos y el intercambio entre personas de orígenes, intereses y realidades distintas.

El espacio público tiene reglas. Gehl, Lynch y Whyte las descubrieron; Jacobs y Alexander las concretaron. El intercambio de ideas y conocimiento, la posibilidad de sentir privacidad y la oportunidad de apropiarse del espacio son condiciones que no se cumplen cuando no existe escala humana, cuando los edificios oscurecen la actividad humana y cuando la devastación ahorca la acción humana.

Como metáfora es muy precisa. Materializa la relación que hemos tenido con el Estado, ubicuo, todopoderoso e interventor, desde hace diez años y coopta el potencial del foro público, transformándolo en un lugar de paso para acceder al edificio donde reside el poder.

Como los venecianos, creamos la ciudad que conocemos. Los referentes de ciudad que estamos dejando no son San Marcos ni San Giorgio Maggiore. Es, en este caso, una metáfora, que la sabiduría popular ya bautizó como “la jaula de pollos”. ¿Eso somos?

 

Advertisements
5 comments
  1. mateofreile said:

    ¡Excelente!

  2. Humberto Plaza said:

    ¡Muy sesudo artículo!
    Muchos arquitectos jóvenes todavía tienen la antigua visión respecto a las dos supuestas y distintas naturalezas de la arquitectura y el urbanismo. No se dan cuenta de la difusa y casi inexistente línea que los divide.
    En nuestras universidades no se enseña la importancia del diálogo que tienen que tener las edificaciones con el espacio público y entre sí. No se enteran de el carácter tridimensional desde el cual tiene que ser evaluado el urbanismo, que puede ser entendido como el espacio (con sus proporciones y características) entre las edificaciones.
    Muchos de los recién graduados, en su mayoría ignorantes de la historia de la arquitectura tradicional y clásica, aspiran convertirse en “starchitects” de la arquitectura contemporánea, diseñando obras que comienzan y terminan en ellas mismas, sin tomar en cuenta su implantación en el tejido urbano y, mucho menos, en la experiencia que se genere en quienes lo visiten o pasen delante de ellas.
    La experiencia del espacio público y la calidad de la vida urbana (la apreciación del todo), al final del partido, es mucho más importante que las supuestas bondades de una obra en particular.
    Muchos saludos,
    Humberto Plaza

    • Gracias! Pienso igual. Yo enseñaba los principios del Nuevo Urbanismo desde 2003 en la Universidad pero era muy difícil porque implicaba irse en contra de toda una maquinaria.
      Algún día mejorará.
      Saludos,
      Jaime

  3. Ana Susana said:

    Que agradable y tonificante es leer un artículo de un profesional, con un punto de vista comparando con realidades a nivel mundial
    Gracias

  4. César Salazar said:

    El palacio arzobispal es neoclásico. La compañía es barroca. La iglesia católica construye espiritualidad con cualquier estilo. Me parece que no es feliz el ejemplo. Por lo demás suscribo. El gallinero es un atentado a la estética de la capital, que por lo demás basa la declaratoria de patrimonio de la humanidad en gran medida en la estética de la arquitectura del centro histórico.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: