La (in)cultura de Quito

Yo soy de esos que creen que la cultura es un elemento de identidad y una herramienta para hacer mejor urbanismo, desde los gobiernos locales hasta minúsculas salas de teatro. Creo además que las personas que están haciendo la ciudad grande son gente diversa, culta, curiosa y que demanda cultura, en forma de artes, música, festivales, eventos, exposiciones, equipamiento cultural y otros que vale la pena mencionar pero que harían interminablemente aburrido este post. Esas personas creativas, emprendedoras e innovadoras van a transformar nuestras ciudades y van a encontrar soluciones que ningún mega acuerdo político ni compromiso presupuestario millonario van a producir. Y es allí donde la responsabilidad de las instituciones culturales públicas es crítica. Es su misión generar políticas claras para fomento y promoción. Deben crear las condiciones para que existan espacios de colaboración entre los gestores y productores privados, la academia, el gobierno local y la gente. Actualmente, en Quito, estamos presenciando la implosión de las instituciones culturales públicas. En un entorno de polarización y crisis institucional, la desidia a nivel de gobierno local puede ser fatal para las artes y la cultura, que a su vez son el combustible creativo para quienes construimos la ciudad.

El problema no viene de hace un año y medio, con el cambio de administración municipal. Es un proceso de descomposición de la labor cultural que viene de hace varios años, que subsiste por pequeños – y muy visibles – éxitos que maquillan muy bien los graves desaciertos de administración pública y dejan un sabor agridulce en la boca: por un lado, los gestores públicos de cultura tienen la capacidad de desarrollar proyectos dignos de cualquier capital mundial y, por el otro, esa capacidad y esas oportunidades se han quedado encapsuladas de sus fachadas hacia adentro.

A nadie se le escapa el festival Ecuador Jazz organizado por la Fundación Teatro Sucre. Impecable. Artistas de primer orden. Organización rigurosa y detallista. O exposiciones como Spin Off de la colección Sandretto Re Rebaudengo, que se montó por todo lo alto en el Centro de Arte Contemporáneo, espacio de la Fundación Museos de la Ciudad, luego de una gestión nacional e internacional de alianzas, auspicios, construcción de confianza y apoyo político y financiero. Por supuesto que nada de esto sería posible sin el compromiso de la ciudad por rehabilitar edificaciones históricas y adaptarlas a usos contemporáneos, en un proceso iniciado hace al menos dos décadas y que cuenta con profesionales técnicos, académicos y administrativos que conocen, viven y tienen pasión por el patrimonio.

Dos de las instituciones que han permitido que Quito esté en diálogos globales y en circuitos internacionales del arte contemporáneo, la música, la gestión patrimonial, entre otros ámbitos de la cultura, se encuentran en crisis al momento. La una por perpetuar la visión segregadora de la ciudad y generar conflictos con la contemporaneidad y la tecnología. La otra por integrar un poco a la fuerza búsquedas personales con la promoción de las artes y la cultura. Ambas, por sucumbir al manejo político, a la miopía del inmediatismo y a las agendas fáciles, populistas y proselitistas. Sería muy fácil lanzar todo el pesado fardo de la culpa en hombros de una alcaldía que ha sido débil para impulsar su propuesta de desideologización de la cultura, pero la verdad es que esto trasciende las etiquetas políticas y viene perpetuándose a lo largo de alcaldías socialdemócratas, socialistas e indefinidas. Los ideólogos son los mismos, pero más viejos. Los actores protagónicos los mismos, que han sobrevivido cambios de gobierno con un discurso en apariencia técnico y apolítico pero en realidad camaleónico. Las vacas sagradas, todavía imposibles de cuestionar.

Ningún alcalde vio la necesidad de que las tres puntas de lanza de la cultura local se manejen como elementos integrados de ciudad. A cada exitoso teatro Sucre le acecha un teatro México, perdido en el barrio de Chimbacalle, activo por 10, quizás 20 noches al año y sin ningún impacto en el barrio ni conexión con uno de los conjuntos patrimoniales y nodos de inversión pública más grandes de Quito (Factoría del Conocimiento, Museo Interactivo de Ciencia, Estación Chimbacalle). A cada Centro de Arte Contemporáneo le corresponde un olvidado Museo Interactivo de Ciencia, siete hectáreas de parque, galpones industriales maravillosos y soberbiamente rehabilitados, un huerto, espacios para eventos, conciertos, cafetería, auditorio y mucho más… con un presupuesto anual que no llega a las 6 cifras, visitantes que no llegan ni siquiera a ese número y muy poca voluntad de abrirse a la colaboración (en un post siguiente les cuento del proyecto que presenté para transformar el MIC y su barrio en algo parecido al Matadero de Madrid, junto con el sector privado y la academia). Y a cada dólar puesto en rehabilitación de edificios patrimoniales le corresponde un barrio muerto, donde no se intervino más allá de la línea de fábrica del edificio, donde no se integró el resto de edificaciones del barrio, la comunidad y la economía local al proceso de rehabilitación.

La visión al frente de cada una de esas instituciones debe ser integral, urbana, conectada. No se trabaja un museo sino un factor de desarrollo urbano, ni se trabaja un teatro sino un nodo de encuentro de ideas y no se rehabilitan edificios sino se construyen mejores espacios públicos para apoyar el desarrollo urbano. Nada de eso ha sido prioridad de nuestras instituciones culturales. El entorno no ha sido de su interés y, a la ciudad, eso le duele.

La excelente gestión de producción del teatro no ha logrado impedir que la Plaza del Teatro sea un fracaso urbanístico. Su diseño es impecable y está bien construida con materiales nobles. Constituye el sitio del teatro más emblemático de la ciudad. Pero la plaza no es las piedras. Es, también, la economía estancada a su alrededor. El peligro de caminar por la calle Guayaquil. El insalubre trayecto hasta el estacionamiento por las calles Manabí y Vargas, que apesta a orinas. Las putas, las drogas y la delincuencia. Y también las vallas que se levantan, segregadoras, cada vez que hay un evento en el teatro.

La fuerza institucional, la estrecha relación con la ciudadanía y un nuevo edificio bien conectado con el bulevar, a su vez, no han logrado impedir que la 24 de Mayo esté plagada de basura, que la tarima, las estatuas y las piedras del piso estén deterioradas, que al menos las tres cuartas partes de los locales que conforman el espacio estén cerrados con puertas lanfor y que un espacio que sabiamente rescató el Municipio de la unión de las plataformas de la calle Loja y 24 de Mayo se caiga en pedazos. Es inconcebible que luego de años de trabajo, de grandes inversiones y de campañas millonarias de concientización no haya ni una sola propuesta privada de buen nivel para aportar al mejoramiento del espacio.

Consecuentemente, como las conexiones y la integralidad no han sido política de rehabilitación, se le ha dado más responsabilidad al edificio de la que tiene capacidad para asumir. Millones de dólares y edificios maravillosos devueltos a la ciudad, pero cerrados. Cuántos proyectos como el teatro Capitol, la Academia de Historia o la plaza de Chimbacalle han adquirido nuevos usos y nuevos patrones, pero no han dejado huella alguna en los barrios que les acogen? El mismo CAC, el mismo teatro Sucre… ninguno ha incorporado un modelo de gestión que le haga sostenible y que no requiera que papá alcalde se manifieste cada cierto tiempo para volver a pintar, reparar las goteras y rectificar las puertas.

La visión no es urbana. Y eso va más allá de tener o no políticas culturales (que son sectoriales) y de si la administración viste turbante, corbata o mantilla negra. El esfuerzo no tiene que ser mayor, y no es una cuestión de recursos. Tenemos que cuestionarnos. ¿Hemos investigado las razones por las que las rehabilitaciones de edificios patrimoniales no han tenido impacto en el entorno urbano? ¿Sabemos por qué, más de dos décadas después de la reapertura del teatro Sucre, no hemos avanzado nada en inclusión e igualdad, y tenemos que poner vallas para separar a la gente, como al ganado? ¿Tenemos alguna idea de por qué un bulevar con estacionamiento abundante, rodeado por dos de los más importantes atractivos turísticos de la ciudad, el Museo de la Ciudad y La Ronda, es un hoyo negro urbanístico?

Cuestionemos, hagamos esas preguntas en estos momentos de crisis institucional, para poder tener las respuestas reales. Salgamos de los silos que segregan la gestión de desarrollo económico de la cultural y de la territorial. Innovemos al pensar que, tal vez, la visión que conduce y la narrativa que teje estas tres importantes instituciones, la Fundación Teatro Nacional Sucre, la Fundación Museos de la Ciudad y el Instituto Metropolitano de Patrimonio, debe ser urbana mucho antes que sectorial.

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