Conservación creativa

A junio de 2015, la dicotomía conservación vs. Placemaking es uno de mis temas de estudio. Luego de encontrarme con la experiencia desgastante de pensar en un Centro Histórico que conserve su identidad, su gente, sus garrapiñadas y sus rincones, pero que para eso no necesita apestar a orinas ni tener calzadas y veredas grasientas y sucias porque el derecho a trabajar que reclaman algunos aparentemente exime de responsabilidades de todo tipo.

Tampoco creo que la gentrificación deba ser un factor que frene cualquier esfuerzo de rehabilitación o regeneración urbana. Los procesos y los ciclos de la ciudad requieren estar acorde con la realidad. Eso asusta y no necesariamente es un asunto menor, pero los cambios son beneficiosos para la ciudad siempre.

Sociólogos, arquitectos y urbanistas siempre querrán complejizar el problema más de lo debido, pero yo insistiré siempre que con creatividad, pedagogía y el sentido de que nuestra profesión está hecha para mejorar vidas, podemos hacer ciudades mejores, con la ayuda de quienes las van a utilizar.

Esta tarde me topé con una vista de Quito que no conocía. Tengo una especie de obsesión con los rincones de las ciudades. Busco siempre los lugares que ofrecen intimidad, seguridad, contención. Esos son los que trato de recordar y mi biblioteca de fotografías está repleta de puertas con macetas, patios microscópicos, alguna banca solitaria, sillas movibles, piletas, qué sé yo, espacios pequeños desde donde se mira pasar la ciudad.

Ese rincón “nuevo” de Quito está en la calle Guayaquil, que tal vez constituye una de las primeras memorias que tengo del Centro Histórico.  

Desde la esquina con Mejía, está resurgiendo la fachada trasera del convento de San Agustín. Largamente obscurecida por un bodrio modernista donde funcionaba el Registro Civil en la época en que la gente se limpiaba la tinta de los dedos en las paredes, emerge ahora resaltada por la topografía como un triunfo del buen urbanismo.

La demolición de construcciones sin valor alguno – que más bien le quitan valor a la ciudad – se pensó como estrategia para liberar la trama de las deformaciones que le impuso el sinsentido arquitectónico del siglo XX. Tal es su éxito que la plaza que reemplazó al agresivo edificio de la Dirección de Salud en Mejía y García Moreno, mal construída al apuro, y un poco distinta de como fue originalmente concebida, ya está absolutamente asumida en el imaginario y es ampliamente utilizada por niños, ancianos, mujeres, gordos, bajitos, ricos y pobres.

Así como la construcción de plazas urbanas, la inserción de edificios contemporáneos en centros históricos tiene el potencial de desatar procesos urbanos riquísimos y poner en valor vecindarios enteros. Pienso en el trabajo de Campo Baeza en Zamora, el de Scarpa en Verona o el de Piano en París. Hasta se me antoja incluir en la lista a Wright en Nueva York. 

La clave, la receta de esas y todas las demás intervenciones exitosas en áreas históricas tienen en común elementos que se reproducen una y otra vez. El arquitecto austríaco Christopher Alexander encontró que los espacios, los edificios y las ciudades exitosas tenían varias cosas en común, como las tenían aquellas que no salían tan bien paradas. Alexander aisló esos elementos y encontró que estaban compuestos de combinaciones de objetos. Una puerta, su peso y materiales, el arco que la enmarca y la diferencia de la luz a cada lado del umbral hacen un patrón de “entrada”, y un patio, la vegetación que contiene, los espacios para sentarse, la sombra y su relación con el interior hacen un patrón de “estancia exterior”. Juntos, estos patrones conforman un lenguaje que tiene una estructura y comunica un mensaje.

La estrategia de conservación de áreas históricas como nuestro Centro debe tomar en cuenta que las edificaciones son conjuntos de patrones que conversan – o no – con los patrones más grandes del barrio. Las decisiones de conservación no son solo técnicas, constructivas y materiales, sino principalmente urbanas. De allí el inmenso alivio que se siente al caminar por esa esquina de la calle Mejía y experimentar una ciudad que respira, que conecta su malla urbana con los cerros circundantes y que permite observar rincones de la ciudad que estaban tapados con hormigón y ladrillos.

La contemporaneidad nos obliga a ver el patrimonio como un bien aprovechable y como parte de una ciudad viva, abierta y multicultural. Si convenimos que la ciudad está hecha no de edificios sino de patrones, y que éstos están, a su vez, compuestos no por un estilo sino por patrones de escala menor, es apropiado pensar que la conservación de áreas históricas no debe enfocarse exclusivamente en conservar el ladrillos sino también en preservar aquellos patrones que le permitirán perpetuar su carácter y su identidad y seguir brindando una experiencia al usuario. Este razonamiento permite abrir puertas hasta hoy cerradas al momento de plantearse estrategias de conservación de áreas históricas. Las posibilidades se vuelven infinitas y podemos pasar del pensamiento lineal a uno exponencial, donde la creatividad nos permita generar procesos de conservación enfocados en patrones, en el patrimonio intangible y en la experiencia urbana, más allá de los ladrillos y el mortero. 

Esta es una mirada completamente innovadora de la conservación patrimonial. La búsqueda de patrones para recuperar experiencias por encima de la nostalgia por edificaciones puntuales es lo que llamo “Conservación Creativa”. 

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