Ciclos

La gente suele aferrarse a las regulaciones como si resolvieran algo. La mayoría de las veces, por el contrario, los marcos normativos “superavanzados” tapan un huequito por aquí y crean varios cráteres por allá. Los argumentos para insistir en una ley que ha probado generar más consecuencias no intencionadas que beneficios reales son, usualmente, pobres.

Cuando estos marcos normativos tratan de preservar a toda costa el patrimonio entendido como edificios individuales, se quedan en una sola dimensión. Buscan, por todos los medios, conservar aspectos puntuales y no logran, como ninguna ley promulgada para tapar un hueco específico lo ha logrado nunca, ser flexible a realidades cambiantes y ajustarse a los cambios sociales rápidos del mundo actual. Las incompatibilidades abundan el rato de analizar cada caso puntual y los defensores a ambos lados del espectro, regulados y reguladores, esgrimen el único argumento de que el marco regulatorio debe reforzarse, defenderse y profundizarse su alcance. Más Estado para resolver el problema de que hay demasiado Estado.

Los casos puntuales son tristes. Sobre todo en entornos patrimoniales que terminan un ciclo cuando salen las primeras generaciones que ocupan los inmuebles. Familiares, herederos o nuevos dueños se enfrentan a nuevas necesidades de uso y restricciones que solo permiten el uso anterior. La afectación patrimonial empuja el valor del inmueble hacia abajo y la camisa de fuerza impide reformas necesarias. Los nuevos usuarios serán por lo tanto oficinas o locales de nivel medio para abajo. No están lejos de ese momento las mecánicas, los bares de mala muerte y el retaceo para instalar bazares y tienduchas.

Vale leer a Glaeser y darse una vueltita por Italia, Japón o Turquía, donde han perfeccionado el arte de preservar el espíritu con que sus ciudades se crearon, preservando sus conjuntos y edificaciones patrimoniales sin aferrarse a ladrillos, que por sí solos no hacen ciudad.

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