La tecnología y el gobierno DIY

Mi primer teléfono celular llegó en 1998. Unos meses después, me fui a vivir en los Estados Unidos. Cuando regresé a Ecuador en 2003, tenía aún conexión Dial-up para entrar a Internet. Luego viví un tiempo en Holanda y mi piso no tenía conexión WiFi sino con cable. Mi primer iPad lo adquirí en 2011. Desde 1998 han pasado 17 años, y los avances de la tecnología han sido exponenciales. Para pasar de la televisión en blanco y negro a las planas con HD pasaron 50 años, y en menos de 20 tenemos proyectores 4D, pantallas de todo tamaño con Retina Display y próximamente holográficas.

Pasa igual con la conectividad. Hasta 1998, si quería comunicarme con alguien, debía llamar a su casa, saludar a quien sea que conteste el teléfono y preguntar si esa persona estaba allí y se podía acercar. En 17 años, sé exactamente dónde están mis contactos y tengo por lo menos 10 maneras de comunicarme con cada uno de ellos. Entre la invención del teléfono y la primera llamada por celular pasaron 100 años y entre esa primera llamada realizada por Martin Cooper hasta el Keynote Address en la cual Steve Jobs presentó Facetime en 2010, pasaron solo 30 años. Y desde ese día hasta hoy, en 5 años, quizás ha habido más saltos exponenciales en el desarrollo tecnológico que en toda la historia de la tecnología.

Esos saltos exponenciales nos dan una idea de hacia dónde va el mundo. Nikola Tesla estaría orgulloso de ver, no solo que ya la transmisión sin cables de electricidad nos permite cargar nuestros teléfonos, sino de que una empresa que lleva su nombre acaba de anunciar que ha hecho realidad la autosostenibilidad energética para casas individuales.

Los cambios demográficos y los avances de la tecnología se manifiestan también en la tendencia DIY o “Do it yourself” (Hágalo usted mismo) que se ha tomado el mundo. El fenómeno IKEA que potencialmente pudo hacer que todas las casas se vean iguales, ha sacado el interiorista que hay en cada uno de nosotros y conozco pocas personas que no han armado (o pedido ayuda para armar) un mueble de IKEA sin contratar un carpintero o un instalador.

Estos saltos tecnológicos son el escenario, el “marco tecnológico” en el que las soluciones que aparecen cada día marcan un antes y un después en la historia de la dominación política.

Me explico: En primer lugar fueron las redes sociales. Nos permitieron acercarnos, formar comunidades mucho más sólidas que las que se forman solo con la cercanía, porque están basadas en intereses comunes. Facilitaron la formación de grupos de activismo y el surgimiento de líderes. La comunicación de dos vías ha acercado los gobiernos a la gente y ha motivado una relación distinta con el poder, donde un presidente, antes inalcanzable, responde en un tuit un cuestionamiento ciudadano de alguien en otra ciudad. El pedestal de las “autoridades” se rompe en pedazos y su campo de acción se nivela con el del ciudadano.

Las instituciones que esos políticos manejan se someten también al escrutinio de la ciudadanía y al cuestionamiento y recomendación, más o menos amable dependiendo del caso, de qué hacer, qué camino tomar y cómo tomar decisiones. El grado de respuesta que puedan tener distintos gobernantes y distintos aparatos burocráticos no cambia el hecho de que la gente los tiene a su alcance para cuestionarles y reclamar la responsabilidad que los gobiernos tienen con el encargo de la política, la economía, la cultura, el medio ambiente y otros que se les hace en democracia.

Las redes han cambiado, también, la manera en que consumimos información. Permiten flujos mucho más rápidos de noticias y escapan a la censura, contando y difundiendo lo que los gobiernos no quieren que sepamos a millones de personas en un click, y mucho más rápido de lo que los censores gubernamentales pueden intervenir.

En segundo lugar, el cambio hacia la economía colaborativa, compartida y creativa ha roto los esquemas de antes, cuando se guardaban celosamente las patentes, la información y los descubrimientos. La misma Tesla liberó sus patentes hace un tiempo y Elon Musk, el hombre detrás de la visión, anunció que para sus nuevas baterías conocidas como Powerwall haría lo mismo. Gracias a esas condiciones, cada vez más gente comparte conocimiento e información, y cualquiera puede realizar el servicio técnico de sus dispositivos móviles, computadores, refrigeradores o automóviles. Gracias a la tecnología podemos prescindir del componente más costoso de casi todos los procesos: la mano de obra contratada.

Pinterest nos exime de pagar por un diseñador, Uber de financiar un mórbido sistema de mafias de transporte y gracias a Airbnb prescindimos de sobrepagar hoteles cuyos precios están en función de qué se inventan los reguladores. Con Trip Advisor ya no necesitamos contratar tours, con Epicurious somos nuestro propio chef y podemos editar nuestros libros y publicarlos electrónicamente sin pasar por la censura de editores con agenda propia o “motivada” por ideas políticas y financiada por gobiernos.

Hay una clara tendencia que se desprende de todo esto. El DIY es un fenómento ya universal. Falta poco para que empiece a reemplazar la acción gubernamental y por lo tanto las relaciones de la dominación política actual. El Placemaking y el Urbanismo táctico están reemplazando la acción de los departamentos de planificación y obras públicas en escala micro y les han obligado a dar un giro de 180º en sus criterios de intervención. Basta ver el caso de Cheonggechon en Seúl o el de Times Square en Nueva York. Espacios replanteados para el ciudadano a partir de la tendencia que marcan los procesos de planificación participativa donde son los ciudadanos los que deciden, y no el gran planificador.

De igual modo pasa con los autos sin conductor de Google, que no solo prescinden de alguien que los guíe sino que sus sistemas de navegación son tan avanzados que no necesitarían, teóricamente, de semáforos, policías, control de tránsito y otras formas de intervención gubernamental. Si funcionan con electricidad, prescinden de Big Oil y sus aliados gubernamentales y si llegan a flotar, cosa que no sorprendería con el ritmo de avances que llevamos, tampoco necesitarían que un burócrata pavimente calles. Todo se controlaría por una red imposible de romper, hecha de miles de sensores individuales que se comunican unos con otros. Es el Internet of Everything, que ya es tema de conversación y clarísima tendencia.

Pero faltaba el gran golpe, que lo han dado Elon Musk y Tesla Energy este 30 de abril. El paquete de batería para el hogar “Powerwall” permite tener 10Mw/h con carga solar, inagotable, que no depende de la red eléctrica, por solo $3500. Es, creo, el primer paso para liberar los hogares del control que tienen las empresas eléctricas, que en nuestros países aún son gubernamentales. Pero más importante, es un mensaje claro y legible: todos los monopolios que crean los gobiernos para controlarnos con la excusa de que las inversiones son inmensas y deben ser emprendidas a nivel gubernamental van a ser un concepto obsoleto. Elon Musk acaba de demostrar que las economías de escala no son una condición para el funcionamiento de la economía y la sociedad.

Estamos viendo el futuro, y allí el Estado y los políticos son obsoletos. Thanks, Elon.

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