A Tale Of Two Cities

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way – in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.

Así empieza la novela de Charles Dickens, Historia de dos ciudades. Él hablaba de París y Londres, encontrando paralelos y diferencias como eje de su crítica social. Este cuento es más complejo, porque empezaría, parafraseando al buen Chuck, “eran dos ciudades, era una misma ciudad”.
Nuestro Quito existe en dos dimensiones paralelas sobre la misma geografía. Cada una un fantasma para la otra.
Toda esta reflexión nace del encontronazo con dos cifras que arroja el diagnóstico que se realizó para el Plan Metropolitano de Desarrollo y Ordenamiento Territorial. De allí se desprende que solo un 18% de unidades económicas en el distrito utiliza Internet como herramienta de trabajo, y solo 40% de hogares tienen una instalación.
La brecha digital es una debilidad inmensa en la nueva economía, basada en la tecnología y en la conectividad, de crecimiento exponencial y donde industrias enteras pueden desaparecer por la disrupción de nuevos modelos, sistemas, servicios y paradigmas.
Los gobiernos, sobre todo aquellos obsesionados con los proyectos modernizantes impuestos desde su visión tecnocrática, se desvelan para encontrar la bala de plata que reduzca esa brecha y les posicione como el “gran conectador” (que se me antoja igual a los grandes pacificadores de los años independentistas, cuyas pistolas, mosquetes y puñales se exhiben en museos de Tijuana a Puerto Montt).
Lo que nadie les dijo es que esa brecha ya está remontada. Lo hizo el sector privado hace rato. Las telcos, tan maltratadas en nuestro país, ofrecen planes pequeños pero suficientes de datos en 3G y pronto en 4G. Hay paquetes muy convenientes de banda ancha para el hogar. Incluso, para quien no quiera la responsabilidad mensual, hay miles de cibercafés por toda la ciudad que ofrecen horas de entretenimiento online por centavos de dólar el minuto.
El problema no es la brecha, sino qué hacemos como sociedad con esa ventana abierta al mundo. La respuesta es ver porno y fotos de gatitos. No demandamos ciencia, tecnología ni servicios. Vemos porno y fotos de gatitos.
Allí es donde se encuentran las dos ciudades en el ciberespacio. Una inmensa parte de la población (60% de hogares y 82% de unidades económicas) no ve la utilidad de conectarse. Esa, a mi juicio, es la brecha que debemos remontar. Hacia allá debemos direccionar nuestra pequeña capacidad de inversión.
Las ciudades creativas alrededor del mundo están invirtiendo primero en educación, segundo en educación y tercero en educación, para formar ciudadanos conectados con el mundo, que aprovechen la infraestructura y conectividad existentes. Una de las más grandes obras que deja la Revolución Ciudadana es el programa de becas de SENESCYT, que ha invertido en educar a los ecuatorianos en universidades de élite a nivel mundial.
Fomentando la curiosidad y el pensamiento crítico, y premiando la generación de conocimiento, basados en la capacidad instalada por el sector privado podemos cerrar la brecha digital sin invertir un solo centavo de dinero público en proyectos de infraestructura digital.
Para unificar las dos ciudades que coexisten en nuestra geografía es preciso que todos los ciudadanos demandemos los mismos servicios digitales, del mismo modo en que todos los quintiles de ingreso demandan, cuando tienen sed, la misma Coca-Cola.
La brecha, por lo tanto, no es digital, sino social. Hacia allá deben ir los tiros.

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