Made in Taiwan

Made in Taiwan ya no es una marca que identifica baratijas. Hoy en día, de mentes taiwanesas, creado por empresas nacionales, producido en plantas locales o incluso tercerizado a China, y con estrategia y logística definidas inhouse, Taiwan compite en el nicho de dispositivo flagship de Android con HTC, en el de laptops con Acer y en el de partes para empresas globales con Foxconn. Taiwan pasó de ser una economía agrícola a una industrial y de servicios, con universidades globales, hubs logísticos y parques tecnológicos de primera línea, en menos de 40 años, y su PIB per capita es de más de $20K.
El salto no fue sencillo. Se evidencian brechas muy grandes. La cultura es la que sufre. Las áreas urbanas nuevas son eficientes, limpias, iluminadas y cómodas, pero estériles. Escasean los parques y sobran zonas de desecho urbano, que son las áreas construidas con diseño y estándares de 70s y 80s, hiperdensas, incómodas, sin veredas caminables ni árboles, con materiales desechables de mala calidad y en las que no se invirtió – o quizás no se previno – para mantenimiento. El contraste es aún mayor cuando comparamos los usos de estas edificaciones y las personas que las habitan en un día cualquiera con la gente, las tiendas, restaurantes y edificios que se ve en zonas como Xinsheng o Xinyi, irreconocibles de Frankfurt, Madrid o Tokyo. Entre cientos de talleres mecánicos para atender las miles y miles de motocicletas que circulan por las calles, locales de expendio de comidas que nadie llamaría restaurantes en estricto sentido, ventas de ropa barata y otros cuya vocación no se discierne a primera vista, abundan las bodegas destinadas a chatarra. Electrodomésticos, mobiliario, piezas de porcelana de baño y otros objetos descansan empolvados y grasientos en bodegas a la vista. Algún rezago de épocas menos prósperas, acumulados en una calle cualquiera, junto a una tienda de diseño o a un restaurante de buen nivel.
Esa metáfora de dualidad entre zonas urbanas nuevas y antiguas sirve para explicar lo vertiginoso del salto que dio Taiwan, que inevitablemente dejó a parte de su población rezagada, pero también ilustra perfectamente una de las más grandes virtudes nacionales: reconocer errores y enmendarlos.
No todos los países son Singapur o los EAUs. No todos comprendieron desde el principio que solo una economía abierta es capaz de crear milagros económicos sostenibles y economías sólidas, sostenidas por muchas empresas pequeñas, medianas y grandes. Pero el valor de haberlo comprendido en el camino y haber hecho las enmiendas correspondientes es digno de reconocimiento.
Eso hizo Taiwan. Empezó sustituyendo importaciones, con éxito muy relativo, siguió alineando empresas a la fuerza a los planes políticos y creciendo lentamente, pero ahora que se han abierto al mundo, la historia es distinta. El desarrollo se ve en las calles y edificios de distritos nuevos, en la importancia que le dan al diseño en la vida cotidiana y en los espacios donde la gente expresa su creatividad, lo cual demuestra que la sociedad llegó a un punto en el que percibe la moda, el diseño, la buena comida y los espacios urbanos acogedores como el siguiente peldaño en la pirámide de necesidades, y los demanda.
Y la ciudad, en sus iteraciones más recientes, cumple.

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