La Floresta

Triste. Desaparece un pedacito más de historia de La Floresta. No he estado muy atento de actualizar este blog, pero ya algunos sabrán que estoy trabajando en el Municipio de Quito, liderando la iniciativa de innovación del Alcalde Mauricio Rodas. La planificación de la innovación en la ciudad toma mucho tiempo y energía, lo cual explica pero no justifica la ausencia, pero ya podemos hablar de resultados iniciales y perspectivas muy interesantes, que saldrán en las próximas semanas desde la Oficina de Mecánica Urbana. Una de ellas es la atención especial que le daremos al barrio de La Floresta, que es actualmente el polo de creatividad en la ciudad, con una comunidad organizada y varios activistas que conocen profundamente la ciudad y están ávidos de presentar soluciones en un marco de respeto y tolerancia. Y eso, en Quito, es una hazaña.

Quito es una ciudad rota. Desigual, inequitativa – aunque ese, finalmente, no es el problema – y muy mal atendida por administradores que descuidan la necesidad de espacios públicos y otros que cierran las puertas al sector privado y quiebran el balance de creatividad y burocracia.
Uno de los elementos “superbonder” que tenemos es el componente tangible de nuestra identidad. Somos una sociedad híbrida, compuesta de aportes españoles, judeocristianos, indios y hasta algo de moro que les quedaba a los conquistadores. Eso se muestra en nuestro Centro Histórico, “el más grande y mejor conservado de América”. No sé quién aún se cree eso. El CH está sucio. Huele mal. Es desierto por las noches. Es peligroso a toda hora. Pero tiene algo que nadie más tiene. Putti traídos desde la más delicada tradición de escultura religiosa del Renacimiento, pero con carita indígena y manitos gordas. Vírgenes indias y piedra cortada bajo el sol americano son únicos en el mundo, y se nos van de las manos silenciosamente, a diario, mientras los patrimonialistas tratan de encontrar el “formol filosofal” para convertirlo todo en oro, hermoso pero estático.

Pero ese no es todo el patrimonio tangible. Está el del siglo XX, antes de la vorágine modernista – que tiene su valor, si buscamos bien – de cuando se formaban nuevos barrios aún con estructura tradicional y sentido de lugar e identidad.
Uno de esos barrios es La Floresta. Como si Richard Florida hubiera predicho, este barrio se ha vuelto hogar de creativos de todas las especies: arquitectos, fotógrafos, artistas, artesanos y el ocasional barista. Les han seguido, como era de esperar, agencias de publicidad, estudios de animación, editoriales y empresas de todo tipo. Se ha abierto una demanda para cafés, bares y restaurantes innovadores y cada vez se siente más que el sitio se mueve.

En la Oficina de Mecánica Urbana estamos midiendo la actividad del barrio y los resultados arrojan una densidad enorme de componentes de lo que el BID llama la “Economía Naranja“. La visión es preparar el espacio urbano para que los estímulos que da el entorno construido motiven el ecnuentro de ese Quito diverso y multicultural, y el consiguiente desarrollo de la economía creativa y de la innovación, y ese código genético de la ciudad inteligente (por innovadora, sostenible y resiliente, no por tecnológica ni digital) vaya contagiándose al resto de la ciudad, de sus instituciones, de sus barrios y de su gente, para motivar mejores soluciones ciudadanas a los problemas urbanos y para, ahí sí, poder vivir mejor.

Decía que da tristeza la desaparición de una de las poquísimas casas patrimoniales del barrio La Floresta. Pero más allá de la transgresión al espacio urbano, más allá de la obligación de las autoridades de control de sancionar la agresión al patrimonio construido, está la oportunidad de encontrarnos con el valor real de ese patrimonio. No es el ladrillo lo que nos da paz en medio de un entorno por demás grotesco, sino el mensaje que ese ladrillo nos envía. Y ese mensaje, por fortuna, es reproducible. He ahí la más grande oportunidad que nos arroja una pérdida tan sensible como la de la casa en cuestión: estamos en un momento en que la tecnología y el conocimiento producido por el género humano son vastos, casi ilimitados. Es deber moral de quienes queremos proteger la integridad del barrio (que no es lo mismo que proteger en formol sus edificios), exigir que cualquier solución que se dé aproveche nuestra inmensa capacidad creadora y tenga en cuenta las lecciones de apertura, contacto con la naturaleza, densidad, ocupación del suelo, uso mixto y adaptabilidad que nos da la arquitectura tradicional, así como su rol y su aporte a un tejido urbano igualmente tradicional, de cuadras cortas y escala humana.

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