Del pasado…

Esto escribí en 2009, y me pareció que a propósito de las broncas intrascendentes sobre el himno, convendría mirar a Quito como protagonista de una novela.

La ciudad protagonista. Publicado originalmente en Diario Hoy l 25 de febrero de 2009.

Cada ciudad tiene una personalidad bien definida e identificable, que necesariamente es un reflejo de su gente. Aunque su gente, en un giro paradójico, termine por parecérsele -o por adaptársele- tal como un perro fiel guarda la semblanza del amo cariñoso que le estampó su vida y su sentir.

A veces, esa personalidad impregna las páginas de un libro y se convierte en un protagonista más, quizá uno de los más importantes, del acerbo narrativo.

El autor, tal vez sin proponérselo mucho más que como un recurso literario para contextualizar su obra, construye un personaje más, nos adentra en una subtrama urbano-psicológica que nos atrapa y nos despierta a conocer Dublín, Buenos Aires o París, con una redondez y una profundidad similares a las que nos permiten conocer a Alonso Quijano o a Raskolnikov.

Robert Alter, en su estudio sobre la experiencia urbana narrada, comenta acerca de la inevitabilidad de incorporar a la ciudad como personaje y protagonista de la obra narrativa, dado que la ciudad es el escenario primordial de la vida burguesa, hogar de instituciones modernas tan consagradas como la bolsa de valores, la prostitución, la moda o el teatro.

Joyce, a pesar de su displicencia para con su lugar de nacimiento, le hizo escenario de sus relatos y se conoce que se enorgullecía de que, según el elaborado recuento de Dubín presente en el Ulises, se podría reconstruir la ciudad si esta algún día llegase a desaparecer. Con similar precisión -aunque incomparable estilo- Ruiz Zafón nos invita a convivir con una Barcelona fina y angustiosamente labrada, oscura, desgarradora, que ejerce sobre sus habitantes todo el peso de un sino trágico y que cobra vida a los pies de los personajes de sus libros. Y qué decir del París de Baudelaire y Víctor Hugo, del Buenos Aires de Cortázar y Borges… o del Quito de Modesto Ponce, Francisco Febres-Cordero y Javier Vásconez.

Quito, ese personaje que acompaña nuestro vivir y que lo sentimos cercano, aunque a la mayoría nos costaría armar más de un par de frases coherentes para describirle, es nublado a pesar de sus días de sol. Es frío a pesar del tórrido verano. Su cara se esconde a medias bajo la neblina. Su ropaje, desprovisto de color, guarda un luto cuyo origen ya no importa sino su omnipresencia. Su alma, triste. Su casa, una fría iglesia o el patio de un convento.

Quito se me antoja como una viejecita que observa la vida pasar tras la puerta entreabierta de un lóbrego zaguán que huele a orinas de gato, madera vieja y polvo y que guarda los centenarios ecos de una pesada puerta con aldabas de hierro forjado y goznes chirriantes. Impecablemente enmarcada por una especie de halo trágico, la viejecita, con más memorias que esperanzas y con miedo hasta de un frío que nunca llegará a sentir, lleva a rastras un pesado manto de lana que la protege de una vida que, de todos modos y quizá incluso a su pesar, sigue su marcha afuera, lejana…

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