Matemos el campus.

La idea de “campus” es una que deberíamos empezar a desechar. Al menos, tal y como se la entiende hoy en día. Un campus universitario suele ser un sitio de algunas hectáreas de extensión, con un cerramiento más o menos agresivo alrededor, y un par de accesos fuertemente custodiados. No pienso profundizar en el comentario social sobre la calidad de la educación relacionada con cómo mira la universidad a la ciudad que la rodea, ni en la personalidad organizacional de la cual se deriva el planteamiento y el estado de conservación del cerramiento. Sin embargo, sí me parece importante comentar el rol del conocimiento generado en la universidad, en un momento histórico en el que se reconoce el valor universal de ese conocimiento como herramienta de desarrollo, y en el que la economía creativa, que con 4.3 billones de dólares (o sea millones de millones), representa a nivel mundial un 20% más que la economía de Alemania y, sorprendentemente, 2.5 veces los gastos militares de todo el mundo, considerando que existen dos guerras activas en Irak y Afghanistan. Y sin signos de detener su crecimiento, que de 2011 a 2012, fue de 134% a nivel global.

La universidad, según Bruce Katz, es uno de los elementos clave en la conformación de ecosistemas de innovación, que a nivel mundial están construyendo redes productivas ciudad-ciudad, permitiendo el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes y dando respuestas positivas, sostenibles y creativas a los problemas urbanos relacionados con el cambio climático, crecimiento poblacional e impacto global sobre las megaciudades en países en desarrollo.

Históricamente, las universidades han sido los núcleos de los ecosistemas de innovación, como es el caso de Stanford en Silicon Valley, MIT en la ruta 128, KAIST en Daejeong y otros. Por lo tanto, la manera en la que la academia se relaciona conceptual y físicamente con la ciudad que le rodea es determinante en la generación e integración de los “Spin-offs”, que son empresas creadas para perfeccionar, masificar, industrializar y distribuir productos o servicios creados a partir de ejercicios académicos; y de las empresas creadas por emprendedores ciudadanos independientes, que aprovechan los desbordamientos de información y conocimiento que se generan al interior de la academia, conocidos como “Spillovers”.

Cerramientos estériles, barreras que no solo impiden que la ciudadanía se mueva hacia la fuente del conocimiento que es la universidad, sino que bloquean la salida de ese conocimiento hacia la ciudad, y planteamientos burdos – miedosos, incluso – de seguridad, son algunos de los elementos que transforman a las universidades en agujeros negros urbanos, que por su extensión e impermeabilidad cortan el tejido urbano y las redes comunitarias, además de cerrarse físicamente. La experiencia de universidades como la de Amsterdam, la de París o el Savannah College of Art and Design demuestran la factibilidad de que una universidad se integre completamente con el tejido vial, ciudadano y económico del espacio urbano que ocupa y se integre en una red potente e irrompible con la ciudad. En el diseño de la Universidad Yachay, esa fue una de las condicionantes que impusimos para la aprobación del proyecto de diseño urbano y arquitectónico: una integración completa con las calles de la ciudad, la eliminación de cerramientos, la apertura de espacios públicos, áreas deportivas y servicios comunitarios como gimnasios, auditorios, teatros, bibliotecas, etc. para el uso de los ciudadanos y como factor de difusión del conocimiento.

Además de plantear desechar la noción de campus como espacio cerrado o burbuja urbana, propongo mirar las fotografías de la interfaz entre universidad y ciudad desde una perspectiva que analiza el lenguaje corporal de los edificios y relaciona directamente la permeabilidad de sus bordes y accesos con la calidad de su relación con la comunidad.

Este ensayo fotográfico deja la conclusión abierta, para iniciar un debate sobre las implicaciones del urbanismo de los campii universitarios en la difusión del conocimiento generado en la academia, su integración con la construcción colectiva de ciudad y su aprovechamiento por parte de la ciudadanía. El estudio se basa en los casos de los cerramientos y accesos de la Universidad Central del Ecuador, la Pontificia Universidad Católica, la Universidad de las Américas, la Escuela Politécnica Nacional y la Universidad San Francisco de Quito. Todas las instituciones se encuentran en el perímetro urbano de Quito y las fotografías fueron tomadas en un día feriado, para controlar por los flujos de gente, que podrían cambiar la percepción de los espacios. La serie completa en Flickr aquí.

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