Sobre la deificación del arquitecto

Hablaba en uno de los últimos posts, sobre lo que realmente deberíamos premiar cuando hablamos del ornato de la ciudad. No edificios, ni detalles de construcción ni nimiedades de ese tipo – ya saltarán mis colegas – que no van a hacer mella alguna en la gran perspectiva de la ciudad. Premiamos el ornato urbano. Es decir, el impacto positivo sobre nuestro ánimo y la motivación con la que realizamos nuestras actividades diarias, la afirmación de que vivimos en una ciudad amigable, que nos acoge e invita a ser ciudadanos y el aporte a la construcción del patrimonio edificado con un edificio que se vuelve referente, querido e incorporado a la vida urbana.

Hacia eso debe(ría) apuntar cada esfuerzo de diseño de edificios. Que una ciudad no es la suma de construcciones, ya no es materia de discusión, aunque aún lo sea de educación. Que el diseño urbano y el diseño arquitectónico son dos disciplinas distintas y el que domina la una, no necesariamente domina la otra, es algo que aún se debate, con resultados variopintos. De lo que no cabe la menor duda, es de que la ciudad se “diseña”, para bien o para mal, con cada nuevo edificio, aunque al arquitecto le importe un sagrado pepino el contexto, el aporte, los vecinos, y un poco menos que eso, las personas con movilidad reducida que intentan infructuosamente circular por ese juego de plataformas que llama “vereda” frente a su “obra”. No abuso de las comillas, créanme.

Sin embargo, se premia al arquitecto. Se lo deifica, como el responsable de crear condiciones dignas de vida para la gente, se le sube a un pedestal, como hombre – o mujer, o lo que sea – de profundas convicciones sociales y paladín de la lucha por la democracia, y qué sé yo qué otras enseñanzas de las revistas o de los monográficos. Incluso, se organizan “peregrinaciones” hacia los sitios de sus obras. De Palladio a Le Corbusier y Zumthor, De Marsella a Brasilia y a Chandigarh, fieles por miles llenan sus discos duros – y sus almas – de momentos en el camino, afuera y adentro de obras sagradas, cumbres ontológicas, y no ven más allá de su fé, inquebrantable. 

Y así estamos.

Pero hay momentos de esperanza. Hace un par de días, un blogger escribió un artículo proponiendo que dejemos de ver a los arquitectos como el centro de un culto, dignos de toda fe y toda gloria, por los siglos de los siglos. Cuestionar aquello que se conoce como “vaca sagrada” es un deber, creo. Y este blog no solo se compromete a eso, sino que genera respuestas que, a veces, devuelven la confianza en que el camino sí se puede reencontrar. Poner el dedo en la llaga, decir las cosas de frente, estar dispuestos a que a nuestros amigos o colaboradores no les guste el estilo que hemos desarrollado no está mal. Que a nosotros no nos guste el suyo, tampoco, y eso no es una ofensa, ni reduce la fraternidad y el cariño. Todo lo contrario, apuntar hacia el emperador desnudo nos hará mejores. La crítica franca, tanto hacerla como asumirla, nos hará mejores. Reconocer que algunos están donde están porque han sabido venderse, y exponerlo puede condenarnos, porque al igual que esas flacas reses que habitan las calles de Mumbai, estas vacas no se tocan sin consecuencias. Pero la recompensa es grande y está lejos del mundillo, el clicque, el club selecto de quienes han impuesto una marca y una idea, y han convencido a políticos, clientes y alumnos, desde ese pedestalito comodísimo que ostentan.

The clock is ticking.

 

 

Por cierto, recomendado ese blog. “Notes on becoming a famous architect”. Link

 

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