No premiamos fachadas

No premiamos fachadas. Ese fue el comentario de uno de mis colegas jurados del Premio Ornato que otorga el Municipio y que, a 100 años de la primera edición, vuelve en un formato bianual y con una ceremonia propia de premiación, que contará con la presencia del Alcalde de Quito. Más allá del consabido “su presencia dará realce a este evento”, el gesto que constituye es decidor: nos importa la arquitectura, y su incidencia en cómo se ve la ciudad.
No premiamos fachadas. Y yo me quedé pensando. Mi colega tiene toda la razón. El premio es a un artefacto urbano integral, que no solo ornamente sino que funcione, que sea un referente de la arquitectura de la ciudad por su diseño, pero también por su función. Pero resulta que, más allá de eso, deberíamos premiar fachadas. Mi argumento fue más allá de premiar a un arquitecto o a una obra, o si los encofrados estaban bien armados y si Béton Brut o Béton Cru.
Yo veo el ornato de la ciudad en integral. Creo que el aporte de un edificio no es para los 10, 100 o 1000 residentes o visitantes que usan el edificio, sino para la ciudad. Por eso, propuse un solo premio y no por categorías. Por eso propuse que “Relación con la vereda” sea un criterio de evaluación. Y por eso insistí hasta la saciedad, que la calificación del edificio depende de cuánto contribuye con la caminabilidad de la ciudad, en qué medida la hace más segura y mejora la experiencia de caminar al frente, y cómo cambia la personalidad del sector mediante su presencia.
Ya saldrán los resultados el día 3 de septiembre, pero me siento feliz de haber hecho un aporte para premiar la urbanidad de los edificios, y no solo su diseño.
La experiencia urbana existe en un estado delicado. Un corte demás en la vereda, un árbol cortado sin respeto o una puerta metálica enrollable a medio abrir pueden desfigurarla completamente. Y por eso es tan importante que los diseñadores tengan en cuenta eso cuando plantean fachadas hacia la calle. No es suficiente dar a la ciudad un porcentaje de fachada como premio consuelo. La calidad de la caminata no es una cualidad que puede existir en una parte del trayecto. En primer lugar, porque si hay un millón de personas en la ciudad, hay un millón de trayectos, que no empiezan ni terminan necesariamente en el pedacito de fachada caminable que el arquitecto, graciosamente, faltaba más, da a la ciudad.
Un edificio es, aún a pesar del carácter público de algunos, un asunto privado. Una biblioteca pública, un mercado, una oficina pública o un teatro, existen en la ciudad y todos tenemos que experimentarlos – o padecerlos, pero solo unos pocos requieren de sus servicios, y por eso es poca la gente que los utiliza. En otras palabras, el interior y la función mejoran la experiencia de los usuarios, pero la fachada, el tratamiento de la planta baja y la relación con la vereda, mejoran o empeoran la experiencia de todos y cada uno de los ciudadanos.
Los arquitectos podríamos hacer una ciudad caminable, un edificio a la vez, pero como gremio, hemos escogido hacer, en su lugar, edificios.
Por eso creo que un premio al Ornato, debe ser una distinción que se da a los edificios que mejoran la experiencia urbana, que aportan a que la gente prefiera caminar, a que se sienta un poquito más segura al pasar por el frente, a que la respuesta conductual al estímulo que da el frente sea de urbanidad, de respeto, de convivencia pacífica. La fachada es la cara de un edificio, es su forma de comunicarse y conversar (o no) con la ciudad, y define la calidad del envolvente del espacio público. Si pensamos en la calle como una habitación, los planos verticales de los edificios son las paredes que la delimitan y el tratamiento de la fachada, la decoración que ponemos para mejorar la experiencia en esa habitación.
Precisamente porque la fachada es lo que define el espacio público, deberíamos premiar fachadas.

ACTUALIZACIÓN UNOS MINUTOS DESPUÉS DEL POST: Como nota al pie, una de las cosas que más me sorprendió es que en Quito, donde el clima es benévolo, donde corre el viento y se puede ventilar naturalmente, y en un momento arquitectónico en el cual nos hemos dado cuenta de cuánto consumen los edificios e inventamos constantemente mejores maneras de climatizar de manera natural, una aplastante mayoría de edificios requieren de acondicionamiento mecánico de aire. Triste realidad en nuestro contexto, que habla mucho de lo lejana que está una arquitectura propia, que responda al clima y que no requiera Aircon.

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