Después del TEDx….

ImagenSiempre quedan resonando algunos ecos después de despedirse de un evento TED. El año pasado, reflexionaba sobre la clásica práctica de nuestros “gestores patrimoniales”, que típicamente contratan un arquitecto de mayor o menor renombre para hacer un proyecto de recuperación de algún edificio icónico, y todo el presupuesto se gasta en la rehabilitación. La pretensión, un tanto ilusa, de que el proyecto desarrollará el entorno, casi nunca se hace realidad. El resultado usual es que la utilización esporádica del espacio funge como una suerte de “toma” de la calle por parte de alienígenas que no dejan huella alguna en el proceso de desarrollo económico del barrio. Escojo mis palabras cuidadosamente, no por la Ley de Comunicación, que no me asusta, sino porque precisamente “dejar huella” fue el tema escogido para el TEDx de 2013, que se llevó a cabo por segundo año consecutivo en el Teatro México, al sur de Quito.

La huella que dejamos fue efímera. Nadie compró siquiera un puto caramelo a la salida. No hay tienda alguna alrededor de la cual reunirse ni bares/cantinas/chicherías donde diligenciar una sobremesa con tantas ideas frescas al final del evento. La invasión de asistentes pertenecientes a un segmento muy específico de la población debe haber incrementado en un porcentaje incalculable (me aventuro a decir que casi en 100%) el número de dispositivos móviles conectados al internet per cápita en el barrio de Chimbacalle. No obstante, un par de horas después del evento, el silencio del barrio volvió a ser el mismo de la noche anterior y de las 364 noches anteriores. Nuestra huella, y con ella la oportunidad inmensa de dejar una contribución tangible, medible y reproducible, se desvanecen con el último asistente que abandona el área para regresar a su zona de confort.

Este año, hubo speakers que arrancaron lágrimas. Labores inmensas como llevar el arte a segmentos de la población cuyo acceso es nulo cambia vidas, trabajar integrando la creatividad a una actividad gris y flácida como la gestión burocrática de la ciudad cambia mentalidades y acompañar a un enfermo de Alzheimer’s cambia y mejora almas. Esas son huellas indelebles. Pero, a veces, una frase cambia conceptos, y esas son las obras más grandes. Los conceptos perduran, las ideas son más fuertes que cualquier maquinaria de opresión y son las mentes las que cambian culturas, destruyen prejuicios y aniquilan ese gris odioso y ocioso y tedioso que desurbaniza, desune y traba.

Nelson García hizo eso. Rompió. Demolió. Provocó. Y ante eso queda solo el agradecimiento silencioso. No llevé sombrero, pero el mejor homenaje a esos 18 minutos de revolución habría sido un cómplice gesto de sacárselo frente a García. 

La música es un lenguaje que está por encima del resto. Es un lenguaje que une, a diferencia de los que hablamos a diario, que están hechos para segregar, para discriminar y para estigmatizar. La música apela a sentimientos que quizás la palabra más elaborada apenas consigue despertar. Tal vez Pessoa; en una de esas, Borges… Quizás Yeats. 

Nos entendemos con la música. La alegría de la primavera, la oscuridad del invierno o la algarabía de la Victoria, son universales en el pentagrama de Vivaldi o Tchaikovsky. Y en eso radica el momento epifánico que desató García. “La música incidental no se roba la película, la acompaña, se adapta, la realza y contribuye a transmitir el mensaje”.

Esas sencillas palabras y un chispazo construyeron la idea: Nelson hablaba de música, pero yo escuchaba otra armonía, una sinfonía de calles, personas, espacio público y arquitectura. Y la arquitectura debe ser a la ciudad como la música incidental a la película.

Gracias, Nelson.

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