El espacio urbano inteligente. Características morfológicas del espacio urbano en la revolución digital.

La ciudad es un sistema complejo hecho de nodos y conexiones, cuya arquitectura informática facilita el intercambio de información, de modo similar a cómo funciona el Internet. Ambos replican las características de diseño “invisible” de abanicos aluviales, árboles, aparato respiratorio y circulatorio, relámpagos y volcanes, entre otras entidades. Esta configuración es reiterativa en la naturaleza, e implica troncales principales que se ramifican en escalas cada vez menores hasta distribuir totalmente el flujo.

Las coincidencias en materia de diseño son recogidas en la ley Constructal de Edward Bejan, que mira a todos los elementos de la naturaleza como sistemas facilitadores de flujos que tienden a replantearse constantemente para maximizar su eficiencia, y que a pesar de sus diferencias, responden a una matriz muy similar de diseño. Pero la historia no comienza allí. Es con el estudio de la mecánica de flujos realizado por Daniel Bernoulli en el siglo XVIII que se inicia el desarrollo de una rama de la ciencia que desemboca en la Termodinámica y eventualmente en la Ley Constructal de Bejan.

El principio cero de la termodinámica establece que dos sistemas contiguos tienden a estabilizarse, mediante flujos entre uno y otro. Si vemos a la ciudad como un sistema de sistemas, cuya arquitectura informática tiende a buscar la manera más eficiente de transmitir información, y si asumimos que desde las primeras manifestaciones urbanas en Çatal Hüyük, Ur o Mohenjo Daro, la arquitectura del sistema ha sido esencialmente la misma, salvando las diferencias, podemos concluir que la ciudad ha conservado un mismo diseño, debido a que su misión primigenia de facilitar el flujo de información y estabilizar sistemas conectados sigue siendo la misma. La morfología del sistema ha ido perfeccionándose a lo largo de milenios y es, teoréticamente, la que con mayor eficiencia asegura su crecimiento, evolución y desarrollo.

Actualmente, en medio de la revolución tecnológica que vivimos, tendemos a asociar una Smart City o ciudad inteligente, con aplicaciones tecnológicas digitales de e-Government o el Internet de las cosas, por ejemplo. En realidad, éstas manifestaciones son meramente componentes de una dimensión urbana supraterritorial, que si bien está interrelacionada con la dimensión espacial o morfológica del espacio urbano, no debe definir su arquitectura informática esencial, por cuanto su objetivo de facilitar de la manera más eficiente el flujo de personas, bienes e ideas no se ha visto alterado.

Una ciudad, en tanto sistema complejo con idénticas características elementales que un árbol, el Internet o el sistema circulatorio, no es un árbol (Alexander 1965). Con interesantes similitudes con el Internet, por su carácter redundante y resiliente, una ciudad requiere de una estructura reticular hiperconectada, que le faculte a reinventarse y a hackear las tecnologías con las que interactúa, adaptarlas a las necesidades de sus ciudadanos y mejorar su diseño, para hacer más eficiente el encuentro de personas, asegurando así el flujo de ideas e información, que es lo que genera creatividad, produce innovación y, finalmente, construye desarrollo. Es importante notar que si bien la Ley Constructal nos permite encontrar los paralelos en la naturaleza con respecto a la maximización de la eficiencia en la transmisión de flujos, ésta no profundiza en el carácter redundante que es el que le da resiliencia al sistema. La inteligencia de la ciudad está en comprender cuál es el flujo en la ciudad, cómo se facilita, cuáles son las condiciones para que se multiplique y las políticas que van a maximizar su eficiencia.

La ciudad inteligente, por lo tanto, es aquella que comprende que la mecánica de los flujos urbanos debe centrarse, como desde hace miles de años, en el espacio de encuentro. La ciudad resiliente entiende que si bien la tecnología es lo de hoy, no podemos caer en la tentación de hacer ciudades orientadas exclusivamente a acomodar las condiciones tecnológicas, como sí lo hicimos cuando “lo de hoy” fue el automóvil y olvidamos la evolución milenaria de las ciudades para acomodar el flujo de automóviles por encima del de personas. Como testigo de ese faux-pas urbanístico, tenemos la ciudad deshumanizada y desurbanizante del siglo XX, un amasijo incaminable, desconectado e ilegible de carreteras, segregación espacial y novelerías técnicas y estéticas.

Una ciudad sólida y estructurada, por otro lado, continúa su proceso evolutivo a pesar de esos intervalos desafortunados, asume las lecciones de la historia y sigue ofreciendo encuentro y facilitando el intercambio de información, la generación de creatividad e innovación y el desarrollo de la ciudad y sus habitantes, manifestado en espacios urbanos apropiados en la escala urbana más pequeña: la escala humana.

La inteligencia de la ciudad radica en la capacidad colectiva derivada del intercambio de ideas individuales, que le permite reinventar la dinámica del espacio urbano y replantear su función de manera ágil, respondiendo a las condiciones y al contexto político, económico, social o ambiental. La ciudad requiere de espacios con capacidad de facilitar los flujos, de asumir y hackear sistemas y de incorporar la dimensión tecnológica al espacio urbano.

Las posibilidades que la tecnología ofrece para asistir en la creación de espacios para una ciudad inteligente son, como el Internet, infinitas, y se multiplican con cada nueva conexión que el espacio virtual permite. Cada vez disponemos de más información que incrementa geométricamente, hasta proporciones inenarrables, lo que conocemos como Big Data y ofrece instrumentos para la planificación y diseño de espacios urbanos de encuentro, con plataformas como MindMixer y oportunidades increíbles a partir de herramientas elementales de crowdsourcing como FourSquare.

Cabe, entonces, preguntarse: ¿cuáles son las características de esos espacios? Desde el Ágora o el Foro, pasando por la Basílica y la Catedral, e incluso por los salones de café parisinos, la esencia de los espacios ha sido la misma. Existen condiciones que el buen espacio urbano ha mantenido a lo largo de la historia, independientemente de la presencia de una dimensión urbana supraterritorial dominante que con mayor o menor fuerza distrajo al diseño de ciudades de su lógica natural. La capacidad de reinvención de la ciudad se mantiene, a pesar de rupturas inmensas como la condición tecnológica, que aparentemente aleja al ciudadano de su espacio urbano y requiere, tal como lo hizo el automóvil, ciudades planteadas para acomodar dinámicas distintas de uso del espacio. La realidad de las ciudades es que su objetivo final no ha variado y mal haríamos en intentar variar su diseño para acomodar los requerimientos de una época específica. La ciudad resiliente sabrá reinventarse, sobre la base de espacios urbanos inteligentes que le permitan a los ciudadanos encontrarse y transmitir ideas, generar creatividad e innovación y construir su propio camino. Esos espacios, incidentalmente, no deben ser inventados, existen desde hace milenios y comparten al menos cuatro principios fundamentales: la atracción centrípeta, el lenguaje corporal amigable, la contención y la serenidad.

Advertisements

Comments are closed.

%d bloggers like this: