La agenda digital es, primero, una agenda urbana

Estamos montados en la ola tecnológica. Y surfeamos la cresta, por lo pronto con éxito relativo. Los números de la penetración de Internet y teléfonos inteligentes suben como la espuma. Todo es felicidad en Therabyteland.

Pero como en todo cuento de hadas, tiene que haber el conspirador, el malvado que, ayudado de una bola de cristal o alguna herramienta similar, todo lo ve y predice una nube negra. En este caso, la bola de cristal se llama conocimiento de las dinámicas y ciclos urbanos, y la nube negra se llama novelería tecnológica. Como mencionaba en algún post anterior, es imposible generar una agenda digital para hacer el upgrade a la ciudad al mundo 2.0 sin tener, aún, ciudadanos 1.0. La sociedad sin cohesión ni compromiso, sin ciudadanía, difícilmente va a generar suficiente masa crítica para que el aprovechamiento de las TICs vaya más allá de revisar Twitter y Facebook, y chatear.

La crítica recibió el post como poco propositivo. Es cierto. Aunque la propuesta era global, de enfocarnos en la generación de agenda ciudadana antes de subir al 2.0, y de considerar las palabras de Saskia Sassen antes de deslumbrarnos con la tecnología, esa crítica es válida. Necesitamos un punto de partida para plantear agenda digital, necesitamos identificar referentes, benchmarkear iniciativas similares, asumir lecciones y demás prácticas preliminares estándar, previo a la definición de políticas, estrategias y planes de acción. Y poner extremo cuidado en la definición de políticas digitales.

Insisto, siguiendo a Sassen, sobre el ensanchamiento de la brecha digital, cuando la agenda y el esfuerzo se concentran en aplicaciones tecnológicas en detrimento del ladrillo y mortero. Conviene que la política digital se base no en el aprovechamiento de tecnologías para mejorar la calidad de vida, sino en la construcción de identidad, ciudadanía y gobernanza utilizando las herramientas tecnológicas. ¿Tecnicismo? Puede ser, pero el lugar desde donde se miran las cosas define la manera cómo las interpretamos. El caso de Barcelona en los juegos olímpicos es, pues, olímpico. La ciudad no construyó infraestructura para atraer las Olimpiadas, sino que generó Desarrollo Económico Local gracias a los juegos. Por eso, la ciudad condal es de las pocas cuya población se benefició a largo plazo de la infraestructura y las condiciones creadas para 20 días de juegos. Lejos, lejísimos, están Atenas, novelera propietaria de enormes y atléticos elefantes blancos, o Sevilla, atribulada poseedora de una ruina, tan universal en su desastre como la Expo para la que invirtió millones en La Cartuja.

Partamos, entonces, de la historia. Desde que las dos primeras personas se asociaron para cazar algún mastodonte, tallar alguna herramienta de piedra o alguna otra paleolítica actividad, necesitaron un espacio. Ese espacio y su calidad, han ido evolucionando a lo largo de la historia, desde los primeros patios de fortalezas, hasta su perfeccionamiento en el Foro o el Ágora. A partir de allí, quedaron puestas las bases de lo que es el espacio público y de su importancia. Los avances durante la Alta Edad Media, sobre todo en las ciudades italianas, refinaron el espacio público hasta niveles nunca más alcanzados, constituyéndose en los más bellos y acogedores salones comunes, museos, escenarios y salones de fiestas o celebraciones. De la época del Barroco y del afianzamiento posterior de la Modernidad, hasta 1914 cuando todo se detiene, datan espacios públicos de calidad altísima, nodos del encuentro de ideas y de personas, generadores de identidad y espacios cómodos para los ciudadanos. Incluso en el siglo XX, hay ejemplos, pocos pero de primera línea, de calidad de espacio público, como la plaza del centro Pompidou en París, la Potsdamer Platz en Berlín.

En los últimos años, nuestras ciudades han planteado espacios urbanos abiertos, pero difícilmente estos poseen las condiciones para asegurar su disfrute, recordación e “imaginabilidad”, que es esa cualidad del espacio de poder ser recordado y descrito. Tal vez por la ínfima calidad y poco atractivo de los espacios, a los lectores de la ciudad les ha dado por predecir que el nuevo espacio público es el espacio virtual. Puede ser. Ese espacio virtual conecta a las personas a pesar de la distancia y hace “virtualmente” irrelevante el encuentro en persona.

O no.

Personalmente, no lo creo. Estoy convencido de que el espacio virtual permite una anonimidad que es apreciada por millones de personas. Si hay un síndrome endémico que afecte a toda o casi toda la población mundial, es la necesidad de aceptación, en distintos grados. Y en el espacio virtual, no hay que preocuparse de si uno es blanco, negro, bajito, si tartamudea o tiene la nariz torcida, sino únicamente de decir lo que se piensa, y al ser comunidades de cientos de millones, como lo es Facebook, el mercado para nuestras ideas es casi ilimitado. Los “amigos” virtuales a veces están más cerca de lo que pensamos, y al tiempo que la esfera tecnológica permite acercar a aquellos que queremos y que viven lejos, también contribuye a acercar físicamente a individuos compatibles.

Las decisiones se toman en persona, las relaciones se forjan en persona y la confianza se construye en persona. No hay vuelta que dar. Y ese encuentro, muchas veces, es producto de encuentros virtuales previos. No creo, insisto, en que la tecnología nos aleje. Si algo hace, es actuar de filtro y acercarnos a personas con quienes compartimos y tenemos compatibilidades. El “quality time” que podemos tener cuando un encuentro 2.0 se desvirtualiza es prueba suficiente.

Volviendo a la agenda, este encuentro sucede, siempre, en un espacio. Es decir, es imposible obviar el componente espacial del encuentro de ideas que se consuma cuando dos o más personas se juntan, por más que haya iniciado por redes sociales, internet u otro modo digital.

La agenda digital, por lo tanto, debe concentrarse en el objetivo principal: la identidad, la ciudadanía y la gobernanza, y el espacio público urbano como nodo. Aprovechar la tecnología para crear ciudadanía no debe ser tan difícil, como lo prueba, de nuevo, el ejemplito del “quality time” que dí en párrafos anteriores. Pero una percepción de compatibilidad no debería ser sufciente para basar política pública. Es importante, entonces, generar un kit de indicadores que sean medibles cuantitativamente, con el fin de determinar si una ciudad está siendo “Smart” o novelera, y que le permita a los tomadores de decisiones tomar el camino de Barcelona, y no el de Atenas.

Los indicadores deben trascender lo virtual y digital, no solo medir ancho de banda y penetración de Internet y devices. Convendría que la agenda urbana sea la que determina el alcance y la escala de la agenda digital, en una propuesta integral de indicadores que aseguren que la decisión no va a ser dar mejor ancho de banda sino utilizarlo para mejorar la calidad de vida y, quién sabe, construir de paso esa ciudadanía 2.0. La definición de la agenda, en este caso de #quitodigital, debe ser multidisciplinaria y encontrar los actores idóneos para contribuir en su construcción y sólidas bases.

Propongo que ese sea el primer paso. ¿O prefieren correr sin saber caminar bien?

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