Esa tenía que ser la ciudad…

Hacer una ciudad. Una ciudad. No una urbanización grande, sino una ciudad. Meterse en los universales zapatos de Filarete, de Oglethorpe o de Haussmann; en los más cómodos (por aquello de que el valor está en el intento) de Ebenezer Howard; en los dirigistas de Le Corbusier o Lucio Costa o en los deshumanizantes del Partido Comunista chino. Ese es el difícil encargo y la enorme responsabilidad que tengo.
La historia nos enseña que la creación de ciudades nuevas no ha parado jamás. De hecho, hoy nos encontramos ante el fenómeno apremiante de la urbanización rápida de la población, que para 2030 habrá alcanzado un 80%, con respecto al umbral de 50% de población urbana, cruzado, dicen, en 2007.
Ese 30% de crecimiento, representa alrededor de 1.800 millones de personas que, en el curso de menos de 20 años, tendrán que ser acomodadas en ciudades. Y no estamos hablando de París (10.7 millones), Londres (14 millones) o Nueva York (19 millones), que tienen espacios urbanos consolidados y poblaciones nacionales estables, con crecimiento bajo y altos índices de urbanización. Tampoco me refiero a América Latina, donde el crecimiento anual de la población en los países más representativos se cuenta, aún, “solo” en los cientos de miles. Las megalópolis del futuro van a surgir en África, donde Lagos (21 millones) ya es la ciudad más grande, seguida de cerca por Cairo (17 millones), que agrega anualmente millones de residentes que abultan los cinturones de miseria y ejercen presiones tremendas sobre los presupuestos, flacos, y sobre los sistemas urbanos, generalmente obsoletos o insuficientes. O en el Asia sudoriental, donde Malasia (cap. Kuala Lumpur, 8 millones) está por inaugurar Iskandar (3 millones), que tendrá el tamaño de todo el ducado de Luxemburgo; donde China agrega cientos de megaurbanizaciones (llamadas, sin mucha reflexión, ciudades) cada año para abastecer a su enorme población o donde Corea (cap. Seúl, 25 millones), determinada en su camino a completar el proceso de emparejamiento tecnológico con sus contrapartes de la OCDE, ahora apunta a extraer recursos de los turistas chinos cuya inmensa capacidad de gasto es inversamente proporcional a su búsqueda cultural, con la creación de 8City, un futurista y distópico amasijo de carreteras interminables que canalizan a los vehículos y sus ocupantes rauda y directamente entre los hoteles de lujo y los country clubs, con paradas estratégicas por centros comerciales y casinos, pero sin pasar por la ciudad.
Las razones citadas para la creación de ciudades nuevas va desde la necesidad de honrar al mecenas, como lo hizo Filarete al crear Sforzinda para Ludovico Sforza; pasando por la de subordinar al ciudadano frente al Estado como en los Grands Travaux del Barón Haussman durante el imperio de Napoleón III hasta llegar a la necesidad, visceral, apremiante, dolorosa, de afianzarse como nación ante el trauma de la independencia, como en Chandigarh, capital del estado hindú de Punjab y patio de juegos de las teorías urbanas de ruptura de Le Corbusier.
Esas son razones, válidas o no, que respondieron a momentos de la historia. Sin embargo, la razón verdadera es que, como especie, no paramos de crear, y nuestra creación más grande es la ciudad: un espacio donde, por aglomeración y por escala, surgen y se perfeccionan las ideas que hacen progresar a la humanidad y que están por encima de imperios, gobiernos y otros desastres, naturales o fabricados.
No sé si esa última fue la razón que impulsó al gobierno del presidente Correa a plantearse un proyecto tan ambicioso como el de la Ciudad del Conocimiento Yachay. No obstante, apenas supe de la magnitud del asunto, pensé en la charla que daba a mis alumnos de Teoría Urbana, algo como “… esto es un ejercicio que les sirve para intervenir con su arquitectura a escala menor, porque las oportunidades de que reciban una llamada para que hagan una nueva ciudad no son tan amplias”. Pues bueno, ahora debo tragarme esa afirmación. Esta era una oportunidad única, que tenía la potencialidad de poner al país en el mapa, de volverlo un referente de buenas prácticas urbanas.
Ahí fue donde me detuve.
¿Buenas prácticas urbanas? ¿En el Ecuador? ¿En ese mismo Ecuador donde las ciudades han demolido su urbanismo, de manera sistemática e indolente, para construir en su lugar edificios? Si me ponía a hacer una lista de las atrocidades urbanas que se han sucedido en nuestras ciudades, generando estructuras arquitectónicas y psicológicas difíciles de demoler, basadas en supuestos como aquél de que calles más amplias permiten mayor flujo de tráfico, o de que la ciudad funciona a pesar de que sus flujos son diariamente torturados con invenciones muy creativas pero poco analizadas como los pasos a desnivel, los cul-de-sac, los retiros obligados y las hileras interminables de cerramientos.
La lista seguía, pero se iba anulando con las posibilidades, con el potencial de un proyecto como este. Inmediatamente se me vinieron a la cabeza las historias de éxito que son cada vez más comunes, donde se minimizan los delirios de los arquitectos y planificadores, y despuntan, más bien, cientos de miles de vivencias anónimas que reivindican la fuerza de las preferencias individuales de los usuarios como motor del diseño de espacios urbanos. En realidad el potencial era enorme.
La reflexión ante un proyecto de esta naturaleza y de esta magnitud es que una ciudad es mucho más que la suma de sus edificios. Más bien, es el espacio de los encuentros entre los ciudadanos. Y es nuestra labor, como arquitectos, asegurarnos que ese espacio conduzca al encuentro y sea el teatro de la curiosidad, del intercambio, del tráfico de ideas, de la innovación y del progreso. La aglomeración tal vez es justificable por sí sola, económicamente hablando, porque genera economías de escala que hacen viables los grandes proyectos urbanos. No obstante, la aglomeración sin urbanismo y sin urbanidad puede alienar. Puede hacinar. Puede matar. Está comprobado que el usuario genera una relación psicológica con su entorno. Existe, incluso, una ciencia que estudia los pormenores de esa relación: la Psicología ambiental. Más parecida al análisis de fotografías, medidas y bocetos que se elabora para proyectos urbanos que al que se practica acostado en un diván, esta disciplina investiga cuáles son las características físicas del entorno construido que pueden, por su diseño, por los elementos que lo componen y por los flujos que potencian, construir urbanismo y urbanidad, fortalecer los encuentros, fomentar las relaciones urbanas y humanas, e incluso generar indicadores -rara vez medidos- de felicidad y tranquilidad, de salud física y mental, de productividad y prosperidad.
Esa ciudad cómoda, que da contención, aire y vida, basada en voluntades y emprendimiento, libre, diseñada para empatar con el usuario y volverlo ciudadano, para potenciar su crecimiento y su prosperidad, compacta y sostenible, respetuosa del entorno y amigable, era la que yo había venido predicando desde hacía quince años. Esa era la ciudad que debía construirse aquí.
Comprenderán mi satisfacción al constatar que durante el proceso de planificación de la Ciudad del Conocimiento Yachay, se han incorporado todos esos conceptos, propuestos por mí a la Secretaría Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación.

Advertisements

Comments are closed.

%d bloggers like this: