El mito de las Smart Cities

Somos noveleros. Nos agarramos de algún concepto, aunque no lo entendamos bien, y lo prostituimos para dar forma a nuestras creencias. No lo digo yo, nos advierte de ese peligro el gran Ortega y Gasset. Las creencias son peligrosas.
Sucedió cuando llegó el primer automóvil o la luz eléctrica. Copiábamos la bambalina, pero no nos interesaba desarrollar el entorno que permitió a Daimler, Benz y Maybach hacer los primeros motores o a Ford producirlos en masa, o que acogió a Edison o Watt en el proceso de innovación que permite que estemos comunicados.
Sigue sucediendo hoy: la moda llega en miles de formas, pero la adoptamos para sentirnos cosmopolitas, sin ver que el cosmopolita real es el que aporta a las tendencias globales.
Una de esas tendencias es la de las ciudades inteligentes o Smart Cities.
La ciudad debe ser estudiada desde sus procesos. Aceptémoslo, la ciudad la hacen sus habitantes. Hasta hace un tiempo, la ciudad era su espacio físico. Los ladrillos y el mortero. Ahora, es su espacio virtual. La gobernanza digital. La verdad, siempre fue su gente, tanto como la que asentaba el ladrillo y daba forma al espacio urbano como la que ahora organiza el gobierno virtual. La ciudad, entonces, no puede ser más Smart que sus ciudadanos. La base para una ciudadanía 2.0 es una ciudadanía 1.0, y cualquier innovación tecnológica tendrá dos destinos nefastos posibles: o se queda estancada por adopción a medias, o se vuelve, en palabras de Saskia Sassen, la nueva muralla de la ciudad, que permite el paso a los ciudadanos digitalizados, y excluye a los que no lo son.
En este escenario sombrío, yo propongo no mirar a la tecnología como panacea. La inteligencia de la ciudad debe basarse en que sus sistemas, urbano, social, económico y de gobernanza, puedan seguir funcionando si se va la luz (inteligente definición de “sostenibilidad” de Steve Mouzon, que suscribo).
Una ciudad inteligente, por ejemplo, es la que comprende el valor del espacio público como plaza de creatividad e innovación, de comercio e intercambio de ideas, bienes e historias; e invierte no solo en crear espacio público, sino en permitir que los ciudadanos lo creen ellos mismos, a nivel barrial y que se reproduzca y conecte. En una ciudad inteligente, se fortalecen las fuerzas inherentes a la aglomeración de personas y se cultivan las innovaciones microscópicas, que darán lugar a los grandes cambios. La tecnología no solo es el desarrollo digital y que todos tengan un Smartphone, sino el resultado de la innovación urbana, social y empresarial que crece desde abajo si, inteligentemente, desde arriba se potencian y facilitan los procesos.
La innovación es clave para el desarrollo y la creatividad que la hace posible no subsiste en un entorno centrífugo, sino en uno centrípeto, donde se propicie el encuentro, el intercambio y la construcción de la ciudadanía 1.0. Esa masa crítica es la que va a inspirar, crear, defender y proponer políticas públicas que permitan el crecimiento de ecosistemas, primero sociales y después, quizás, tecnológicos, pero siempre urbanos. Y un alcalde inteligente, comprenderá que fortalecer los ecosistemas, es lo que nos va a permitir hacer nuestro propio upgrade al ciudadano 2.0. Y esa, más que cualquier ciudad digitalizada y completamente tecnologizada, es una ciudad sólidamente inteligente.

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1 comment
  1. Reblogged this on jorge.andr3s and commented:
    Una publicación inteligente de alguien que (todavía) no conozco acerca de la creación de ciudades inteligentes. La cultura es nuestro sistema operativo y como tal es absolutamente necesario actualizarla antes de buscar la construcción de ciudades inteligentes. No hacerlo sería como esperar que una computadora de última generación cambie al mundo mediante el uso de windows 95… un completo desperdicio.

    La cultura se construye en las calles, es espacio es nuestro. A recuperarlo.

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