Doctores urbanos

Mire a su alrededor, distinguida damita, distinguido caballero, niño, niña distinguido lector. ¿Qué ve? ¿Asfalto por todas partes? ¿Edificios feucos, igualitos y dispersos? ¿Una colección de objetos grises que, vistos desde lejos, asemejan resortitos con los que podríamos jugar aplastando? Pues bueno, le cuento que eso, se llama arquitectura. Localmente, claro, porque en un contexto crítico, ese mismo amasijo de edificios se llamaría técnicamente “una mierda”.

Y, ¿saben, dama, caballero, niños, por qué pasa eso?

Les cuento: Porque podemos. Porque hemos adoptado la parte fácil de la Modernidad, que relativiza los resultados y pone el valor en el esfuerzo. Por esa razón, los genios de hoy en día tienen muchísimo que envidiarle a un Leonardo o un Palladio. Es más fácil, en esta época, ser genio. Basta tener carisma, llegada, conseguir un par de crédulos clientes con billete y construir mucho. Y salir en revistas. Y ganar uno que otro premio. Y ya. Arquitectura paradigmática de autor. Pero en el fondo, ese producto carece de fondo. Culpa de…..?

1. Una población poco crítica, de la cual se desprende un mercado integrado por puticas de TV, burócratas enriquecidos, deportistas o cantantes que pegaron centro o billete trucho.

2. Un gremio que busca el billete y al no tener criterio formado, se allana ante las peticiones de copias de la Casa Blanca, pistas de esquí en el patio trasero o baldosas con signo de dólar en la piscina.

3. Una academia que no inculca las nociones más básicas de arquitectura, que pone el valor de las propuestas en el esfuerzo realizado para producirlas y que no se responsabiliza por soltar profesionales que van a hacer esas ciudades de mierda en que vivimos.

Yo me voy, en este punto, por la solución al tercer punto, que es la fácil. Una reforma de la academia requiere que los académicos tiren por la borda todo lo que han aprendido y hecho durante sus carreras, y aún así, es la más fácil de las tres soluciones.

La academia, para que pueda al menos producir profesionales con argumentos sólidos que recomienden a sus clientes, debe pensar en la educación basada en la misma lógica de la carrera médica. A un futuro doctor, a sus tiernos dieciocho añitos, se le carga con materias que tienen un peso relativo a su responsabilidad en la sociedad. Pero, ¿quién ha dicho que los arquitectos no tenemos una responsabilidad similar? Los médicos salvan vidas, pero nosotros tenemos el potencial de destruirlas. Si lo dudan, miren las estadísticas de obesidad, enfermedades respiratorias y cardiovasculares, estrés, delincuencia y pobreza en ciudades mal hechas, y compárenlas con las de ciudades caminables, atractivas, cómodas y bien diseñadas.

Nuestra responsabilidad está vinculada con la Psicología Ambiental, que estudia los comportamientos sociales influenciados por el entorno. Si tenemos una noción de entorno, de contexto y de conciencia, podemos dejar de medir al objeto arquitectónico por su valor aislado, por su propuesta arquitectónica o por su proeza técnica, y podremos medirlo por su contribución al espacio urbano y por las externalidades que genera su integración a la ciudad.

La cátedra debe, por lo tanto, asumir la responsabilidad social de los futuros arquitectos y la necesidad de que desde sus primeros pasos, tengan nociones de contexto y urbanidad antes que de teorías ininteligibles que elevan a los arquitectos por encima del común de los mortales.
Lo primero que deben aprender los estudiantes de la facultad es Anatomía. De igual modo que los médicos aprenden qué hay en el cuerpo, los huesos, músculos, órganos, tejidos y fluidos, debemos enseñar qué hay en la ciudad, los elementos del espacio urbano, los sistemas, el espacio público y privado, los bordes que lo dividen y los espacios al interior y al exterior de los edificios.

Luego, del mismo modo en que se enseña Fisiología, que es el cómo funcionan órganos, tejidos y fluidos, se debe inculcar el funcionamiento de los sistemas de la ciudad y la arquitectura: qué es el tráfico, qué es la movilidad y cuáles son las fuerzas que hacen que una ciudad funcione. Con este conocimiento, el estudiante ya podría pasar a ver la Patología, que estudia las anomalías del sistema. Podremos así estudiar las razones por las que deja de funcionar la ciudad y cómo resolvemos los problemas de diálogo entre arquitectura (individual) y espacio público (compartido), que cubren lo esencial.

Luego de este choque contra la realidad del espacio y de la ciudad, al igual que después de esas clases un médico puede continuar su camino hasta ver pacientes, un arquitecto debería poder continuar su camino hacia proponer espacios y entornos que no creen pacientes, sino ciudadanos.

Es un cambio radical, que requiere tumbar muchas estructuras que han venido fortaleciéndose desde hace ya casi un siglo. La propuesta, por desgracia, en lugar de generar conciencia, hace oveja negra del que propone.
La intelectualidad arquitectónica que ha conseguido elevar sus teorías y léxico a niveles inalcanzables para el resto de la sociedad hace estragos en nuestras ciudades y las creencias arquitectónicas antiurbanas siguen tercamente arraigadas en nuestra cultura y, por lo tanto, también en la Academia.

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2 comments
  1. Sentí mucha lástima por la academia de arquitectura cuando vi que están llevando a cabo un sistemático desperdicio de oportunidades: muchos profesores viejos quieren jubilarse y enseñan a tomar café y relaciones humanas en vez de arquitectura, y están siendo reemplazados por arquitectillos demasiado jóvenes que creen que ser profesor es tomar café y establecer relaciones humanas con las alumnitas. De todo esto lo peor son esitos esnobistas neoarquitectos que ni siquiera han estudiado y piensan que como ellos no hay nadie.
    Todo esto lo vi en la Central, donde muchos estudiantes tenemos un espíritu poderoso, y nos toca aprender casi por nuestra cuenta. No sólo que hay profesores quemimportistas y arrogantes, sino que además son espesamente vagos.
    En fin, desperdician nuestras capacidades, y hace falta encontrarse con alguien que sepa despertarlas y llevarlas a un nuevo nivel. Sino hay que ponerse una salchipapería de negocio.

  2. Corrijo: Donde muchos, cuando estudiantes, tuvimos un espíritu poderoso.

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