Una basura de historia

Hace años, hubo un par de investigadores que determinaron que, si un edificio o un área urbana mostraba signos de abandono, motivaba una serie de comportamientos antisociales que degeneraban en una espiral de destrucción. Esta teoría, conocida como de las “Ventanas Rotas” (Wilson and Kelling 1982. ver artículo aquí), demuestra cómo los comportamientos sociales están marcados por la calidad del entorno. Jan Gehl, Nikos Salingaros y Chris Alexander, entre otros, se han dedicado a investigar cuáles características del entorno son las que motivan comportamientos y conductas sociales edificantes, y gracias a sus conclusiones ha surgido una nueva y fuerte tendencia hacia generar ese tipo de espacios cuando se interviene a nivel urbano. Aunque en la academia y en la profesión aún prime la tragedia urbana más grande del siglo XX, osea Le Corbusier.

Pero bueno, esa es otra historia. Volvamos a la ventanas rotas y a los comportamientos sociales patológicos. Quito deja, en su urbanismo, demasiados cabos sueltos que se traducen en vórtices urbanos, que llevan a un vacío donde la ciudad se diluye. Demasiadas vías sin intersecciones, que con el tiempo los ingeñeros (sic) de transporte intentan arreglar transformándolas en “viaductos”. Demasiados proyectos de pavimentación en los que parecería que no se contrataron remates y terminados. Demasiados espacios residuales con los que esos ingeñeros no saben qué hacer, a los que arquitectos modernos acostumbrados a no necesitar detalle no dan importancia.

No obstante la torpeza o la negación, esos espacios existen, y quienes tienen que experimentarlos en escala íntima son los usuarios. En una maqueta urbana a escala 1:1000 o 1:5000, un agujero negro de 1.5m x 4m es el equivalente a un cartón mal refilado. En un modelo digital de tráfico, ese mismo agujero negro ni siquiera aparece en los conteos de nodos problemáticos. Pero si uno de esos arquitectos o uno de esos ingeñeros camina por allí, de seguro que lo experimenta. Tal vez, si logra percibir un problema, no comprende el por qué de la anomalía y, pardiez, jamás osaría endilgárselo a la falta de sensibilidad de algún colega.

Por esa razón, por esos 15 segundos en los cuales el ciudadano que camina frente a un agujero negro urbano debe padecer los efectos colaterales de un modelo digital o una maqueta a escala 1:5000, conviene plantearse una estrategia urbana de identificación de nodos y de resolución de agujeros negros. Ya que estamos metidos en el proyecto del Metro, es esencial para el éxito de la inversión, que el Municipio reconozca que un sistema de este tipo está ligado y depende totalmente del complemento urbano, que es el componente de caminabilidad que va a asegurar que la gente camine los 500 o más metros entre su punto de inicio del viaje y la estación; y la estación de destino y su destino final.

Sin eso, fritos. Ojalá el Alcalde se camine los 800 metros entre el Quito Tennis y la parada de la Y, y dé el ejemplo.

Mientras tanto, podemos proponer que se estudien cuáles son las implicaciones del Placemaking, que es una estrategia implementada en muchas partes del mundo, desde Korea a Estados Unidos, pasando por Holanda, Brasil y algunos países de África, que asigna la capacidad para resolver problemas urbanos fuera de las oficinas de planificación. La potestad para decidir se sitúa en el centro de las comunidades. En una suerte de acupuntura urbana, los propios usuarios que padecen los efectos de problemáticas urbanas que, vistas desde la escala de planificación, son despreciables, deciden y mejoran sus comunidades.

La “minga” ha existido como factor de organización social desde hace siglos. Una reunión de Placemaking podría traducirse como una “minga urbana” donde no son las manos y el azadón las que colaboran, sino los conocimientos de los miembros de la comunidad y el sentido común de quienes caminan y experimentan la ciudad. Pero es el punto de partida, el “estartazo” (de “start”, inicio o partida, término que no uso tan libremente, sino ligado a Startup, por razones que ya veremos), le corresponde al Municipio. Creo que en la nueva estructura organizacional existen algunas entidades que tendrían esa competencia. Me gustaría saber si tienen la competencia de decidir devolver el poder a las personas, a quienes no ven el Plan Estratégico en un papel sino que experimentan sus consecuencias.

Una estrategia de Mingas Urbanas que acerque los técnicos a los ciudadanos y que encuentre, a nivel micro, del barrio, de la cuadra, soluciones a esas consecuencias. Soluciones que puedan ponerse en práctica mediante la generación de Startups creativos que realicen proyectos de acupuntura urbana, con (micro) financiamiento inicial del Municipio, dependiente de la presentación de un proyecto que haga sostenible y rentable ese financiamiento. Algo como lo que ya hace ConQuito, pero con criterio urbano y ligado a las políticas de Desarrollo Económico del Municipio.

En este punto ya están preguntándose qué tienen que ver los agujeros negros, los ingeñeros de transporte y las mingas con el título del post. Pues nada, solo que fue inspirado por uno de esos agujeros negros en los que ciudadanos por otro lado normales, acumulan degeneración urbana (ver foto), por el catastrófico momento en el que me dí cuenta de que al final de la Avenida González Suárez (una de las más caminables de Quito), en el Municipio le dicen “viaducto”, y por la necesidad de que la tendencia mundial de creación de espacios urbanos con Placemaking llegue acá pronto, y no dependamos de la mayor o menor iluminación de los arquitectos e ingeñeros municipales que, por acción u omisión (propia o de las autoridades ignorantes o inocentes que los contratan), terminan diseñando el desastre de ciudad que hoy tenemos.Imagen

Salud.

 

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